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sábado, 18 de abril de 2015

Leyenda Negra del Claro del Bosque Negro

Un enorme y majestuoso roble presidía el claro elevándose por encima de la cubierta en varias millas a la redonda. Sus ramas dominaban a todas las demás Olvar bajo ellas. Durante más de mil años su hegemonía no tuvo oponente alguno. Hasta que llegó al Bosque una presencia ominosa que no admitía rival. El Tenebroso Hechicero que se asentó en la colina en poniente mandó a sus esbirros a acabar con el desafiante y verdoso gigante en cuanto tuvo ocasión. Acudieron con hachas y sierras a derribar el orgullo del bosque y durante noches intentaron abatir a este. Treparon a sus ramas para talar estas y arrasaron sus hojas. Encendieron fuegos donde quemaban todo durante la noche y las columnas de humo se elevaban todo el día mientras ellos se escondían en las sombras.

El tronco, sin embargo, se resistió. Una y otra vez golpearon con sus hachas la corteza ennegrecida por el hollín y una y otra vez el terco roble melló sus filos y astilló sus astiles. Cansados y enfadados los trasgos volvieron y suplicaron ayuda a su Oscuro Amo a pesar del temor al castigo por su fracaso. Su ira no solo cayó sobre ellos sino que tras castigarles envió a uno de sus trolls a por el roble, capitaneada la expedición por uno de sus secuaces más capaces, un numenoreano negro vil y mezquino como solo saben ser los de su estirpe. Un troll malvado azuzado por un traicionero comandante y ni aun así lograron su propósito. Pues su maldad se volvió contra ellos en el seno del bosque ya que intentaron llevar un presente a su Señor Oscuro. Tras arrancar planchas de la corteza intentaron desgajar el gran tronco recolgados de las heridas leñosas y así obtener una veta de madera fina que ofrendar al Maligno a la vez que acortaban la faena. Sin embargo su estupidez y pereza les traicionaron, cayendo el troll y partiéndose el cuello junto con la enorme tabla. Esto fue posible solo con la ayuda de un repentino vendaval que azotó las alturas y agitó el Bosque. El numenoreano negro, fuera de sí, hizo que los trasgos prendieran los restos del roble y él en persona maldijo aquel fuego destructor mientras se quemaba el roble, no sin antes inmolar a los mismos trasgos en la pira. Después lanzó un maleficio de olvido sobre el lugar para que nadie supiese llegar a él y así borrar su fracaso. El roble quedó mutilado y solitario, leñoso cadáver que nadie podría hallar. Su figura ya no ofendería al Nigromante y el negro capitán contó sus mentiras sobre un troll enloquecido que atacó a los trasgos para devorarlos.

Desde entonces el enorme tocón permanece solitario en medio de un claro devastado donde ninguna planta se atreve a crecer de las cenizas del grandioso roble.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Reporte 31

Registro de visita: QQ+1/SS+6/HSS3
Motivo de visita: Reporte in mission y reabastecimiento.

Conseguí escapar de las ruinas malditas de Amarillo. Condenado lugar. Después de esta experiencia lo calificaría como <.>territorio a evitar <.> si estuviese en mi sector. Lo comunicaré al mando competente. Si es que alguna vez recuperamos contacto con esos desdichados de Zona 0.

He seguido mi viaje hacia al sur, con la hipótesis de que la causa de este desmadre pueda encontrarse en el Instituto SOUL. Esos malnacidos han malmetido en otras ocasiones similares y no me extrañaría que estuviesen detrás de todo esto. Trabajo sobre la sospecha de que alguno de sus experimentos se haya descontrolado. La cuestión es qué hacen enredando con el virus zombi. No es su línea de trabajo conocida. De corroborar estas suposiciones, podría confirmar especulaciones previas de que en el Instituto sean colaboracionistas o al menos tengan pactos con los invasores. Si descubro algo de todo eso, me encargaré personalmente de ordenar las medidas preventivas oportunas. Incluso aunque no tenga mando operativo en este sector. Va siendo hora de asumir que hemos perdido a los camaradas de Zona 0.

Para las suposiciones sobre los zombis me baso en un hallazgo de los días que he pasado expuesto. Recapitulando en frío mis observaciones he llegado a la conclusión de que puede establecerse un extraño patrón de conducta en los infectados: durante algunos momentos del día se siente impelidos a aproximarse hacia el gran edificio descrito en el reporte anterior. Durante esos periodos parecen menos interesados en buscar presas. Esta peculiaridad me permitió salir del cerco en que me vi en un momento de mi huída. Me crucé con una riada de zombis que prácticamente me ignoraron, solo atacándome aquellos a los que estorbé en su marcha hacia su “canto de sirena”. Tal vez los dementes de SOUL han ideado un mecanismo para influir en los infectados. De ser así podría ser un arma muy peligrosa en sus manos. Todo estos son especulaciones que necesitarán una confirmación mediante exploración. Trataré de averiguar in situ lo posible.

Sigo cruzándome con infectados, pero sin signos de factor REV y en campo abierto, no son una amenaza grave y puedo manejarme con ellos sin problema. Basta tan solo con precaución extrema, un poco de repelente y algunas carreras. No he tenido que profanar mi filo con sus putrefactos cuerpos desde que salí de Amarillo. Espero llegar al Instituto en la jornada de mañana.

Balance:
- raciones secas 1 semana / poncho repuesto / dosis de retrovirales / carga para DPZ / material de trampas
+ planos esquemáticos para identificar edificio de Amarillo relacionado con infectados

Mensajes:
<.>A “todos”: desaconsejo visitar la zona hasta nueva orden y salvo misiones prioritarias.<.>

Firma: Harris.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

La ciudad sobre canales


Durante el día la ciudad vieja está repleta de turistas. Sus callejas son en extremo pintorescas con edificios de cuento y monumentos medievales por doquier. Tanto que algunos visitantes lo confunden con el decorado de un parque temático y preguntan el horario de cierre. El cielo gris a ratos llovizna y a ratos deja escapar un engañoso rayo de sol. En otras ocasiones se enfurruña, como si estuviese contrariado por alguna mítica ofensa ya olvidada en el paso de los tiempos, que nadie comprende y resulta casi aleatoria. Entonces descarga una furiosa cortina de agua sobre la ciudad centenaria. Esto nutre a los canales y elimina a los turistas de la faz de la ciudad.

A los canales se abren distintas vías desde los edificios que los delimitan. Unas son poternas a ras de agua. Otras son escalones desgastados acabados en verjas oxidadas. Y otras son simples agujeros. De estos últimos los hay pequeños y redondos, claramente de desagüe. Aunque también los hay a medio camino entre estos y los más grandes de las poternas. Rectangulares y más anchos que altos, solo unos centímetros sobre la superficie cuando no parcialmente inundados, un limo verdinegro los tapiza. Estos son siempre los más discretos y están situados en lugares inverosímiles que pasan desapercibidos a simple vista. Algunos disimulados en recovecos que los apartan de miradas indiscretas. Otros literalmente ocultos tras oportunas frondas de trepadoras o las ramas de algún sauce llorón que caen desde las tapias hasta las aguas semi-estancadas. Suficientemente grandes para dejar pasar a alguien que se arrastrase por ellos. Justo al nivel de las aguas putrefactas del canal. Accesos secretos y privados al canal desde los sótanos sombríos para aquellos a quienes preocupa más la discrección que la repugnancia.


Cuando llega la noche las calles quedan desiertas y sepulcralmente silenciosas. Cualquier transeunte despistado que no se haya recogido se enfrentará a una sensación de desamparo que parece emanar del suelo. Del empedrado o de los canales bajo él, no se puede adivinar. Mientras, una humedad pegajosa y heladora escapa de los canales y se cuela en los huesos.

Solo algunas calles más importantes, alejadas de los canales, y las plazas más significativas que estas unen, siguen habitadas al caer la noche. Allí los lugareños se esfuerzan por mantener las luces encendidas frente a la opresora oscuridad. Sus márgenes albergan lujosos restaurantes típicos y fachadas iluminadas que crean un juego de luces y sombras con los pretiles y marcos de sus ornamentadas ventanas talladas. La iluminación artificial, sin embargo, parece desfallecer en su lucha por momentos en los que titila a la vista periferica. Como si su batalla contra las sombras fuese una causa perdida de antemano en aquella población.

A partir de esa hora, cuando la oscuridad empieza a escurrirse desde las sombras para adueñarse de todo, los parroquianos se vuelven esquivos y huidizos. Rehuyen conversar con los extraños y abandonan con inquietud las adoquinadas callejuelas. En la ciudad no se ve ningún sin techo, ningún vagabundo. Al menos después de su primera noche a la intemperie. Sobre todo si fue en las cercanías de los fangosos canales...

Reporte 30

Registro de visita: XX+2/WW+4/SLD
Motivo de visita: Reporte de estado de misión

La operación para exponer al agente enemigo corre riesgo. Ha estado a punto de volverse en nuestra contra. Por poco me explota en las narices. El agente enemigo es ladino y torticero. Ha conseguido atraerse mediante soborno o chantaje la cooperación de algún jusciador de mando intermedio que ha podido costarnos muy caro. Los justiciadores me vigilan de cerca ahora, limitando mucho mi margen de actuación. Trataré de averigüar por otros medios su objetivo y veré el modo de valerme de algún neutral o agente freelance para seguir mis pesquisas sin levantar sospechas.

Los negocios, sin embargo, marchan bien y la tapadera que he construido es lo bastante sólida para no levantar suspicacias. Cerraré algunos acuerdos comerciales jugosos en breve, aunque todavía no he conseguido codearme con los peces gordos del Consejo de Justiciudad. Tal vez por ahí pueda conseguir influencias para burlar el seguimiento que me han impuesto, aunque llegar a esos niveles costará bastante en tiempo y medios. No sé si dará tiempo. El agente enemigo nos lleva bastante margen de maniobra, desnozco desde cuanto están infiltrados, pero estimo que debe llevar bastante preparando esta operación y disponer de abundantes recursos. Los conductos burocráticos internos de Justiciudad son enmarañados y lentos, todo lo contrario que su política exterior que es de lo más expeditiva. Toda la fachada de rigor que dan al exterior es inversamente proporcional a la corrupción interna, pero hay que saber que puertas tocar para que no le vuelen a uno la cabeza en un juicio callejero.

Balance:
Sin cambios.

Mensajes:
Cazadores continúen a la espera. La situación es bastante tensa.
A “compras” las mercancías que he reservado siguen acumulándose a la espera de su recogida. Necesito material electrónico de uso doméstico. Ese tipo de comodidades parecen tener buena salida en el mercado de Justiciudad.

Firma: Capitán Salazar “Coyote”

domingo, 15 de agosto de 2010

EXEQUIAS POR EL REY ADWULF (vii)




MADERA CONTRA ACERO (iii)

Sólo uno de los correos --pues esa era su misión--escapó a la celada, Janiel Dar Urbundi. Sólo la suerte de ir en retaguardia le salvó de dar con sus huesos embutidos en metal sobre el suelo. Sólo la suerte de que Edward encarara a los proscritos le permitió clavar las espuelas hasta las entrañas de su montura y comenzar su febril marcha. Sólo el respirar fatigoso de su palafrén cuyos costados sangraban abundantemente al tiempo que una espuma prolífica y sanguinolenta borbotea con cada bufido le indica que tal vez es el momento de aminorar la delirante galopada. Quizás la distancia que la poderosa bestia le ha regalado respecto de los proscritos sea suficiente para permitirle aflojar el paso, ya que quedar descabalgado en la espesura representa algo más que su muerte. El fracaso de la misión. Los Dar Exinii han de ser avisados. Deben partir al sur los notables y los pasos deben quedar cerrados.

Casi imperceptiblemente la vereda se va transformada en camino. Primero los hitos se hacen cada vez más próximos. Las malezas van desapareciendo y pronto dos surcos de rodaduras dan paso a un empedrado que comienza como una lluvia dispersa de adoquines aplanados siguiendo precisamente el curso de las rodaduras, para concluir en una tosca calzada. Está amaneciendo y los árboles parecen más distantes unos de otros. Los bosques de Tamen casi quedan atrás y con ellos el reino de los proscritos. Tal vez la muerte de los demás no haya sido en vano. Las luces del alba dejan ver, muy a lo lejos aun, las cumbres de las montañas norteñas. Pronto las puertas de Exinii se abrirán para recibir las tristes noticias. Gálabor Dar Exinii, notable de los custodios de los pasos deberá escuchar el parco mensaje de sus labios y entonces, sólo entonces, podrá descansar. De repente la suerte hasta ahora esquiva parece dar una tregua al azorado correo, cuando una patrulla a caballo se cruza en su camino. Sin más trámites que mostrar el blasón de real correo descabalgan dos jinetes, permitiendo que el portador de noticias refresque su montura. Janiel alza su mano en gesto de agradecimiento mientras cambia su abatido corcel por uno de refresco, amarrando las bridas del segundo a la austera silla de monta. Antes de que el sol se eleve al medio día Gálabor y los suyos han de estar de camino a Siddion.
Primero se vislumbra una torre. Luego, entre la maleza aparece, encaramada a una colina, la vetusta muralla de Exinii. A sus pies discurren los dos caminos que conducen a los pasos. El rastrillo está abierto. Un guardia se dispone a dar el alto cuando Janiel alza en su mano el cetro de marfil, quedando expedito su paso hasta el patio de armas.

El sonido de un cuerno -despojo tal vez una ancestral bestia del páramo—anuncia su llegada. Apenas sí ha descabalgado cuando, sin más protocolo que una jofaina de limpia y fría agua de las montañas y un desgastado lienzo de lino, una bella mujer le indica que entre a la torre del homenaje. Es esbelta. Los penetrantes ojos verdes hacen centrar la vista en el rostro, sobre el cual el arado del tiempo ha empezado inexorable a cavar los primeros surcos. Por la Piedra de Sabiduría que cuelga de su cuello y la riqueza del cíngulo que ciñe su túnica se diría que es alguien importante. Tal vez incluso la propia Regidora, ante la cual se rumorea en la corte que el propio Gálabor se inclina.

“Honrado quedo por la bienvenida que me deparáis. Soy portador de severas noticias que he de participar sin dilación al Notable Gálabor en persona”--Agradeciendo el agua con una sutil reverencia a modo de cortesía que se le antoja más al uso de la corte que del agreste Norte Janiel escucha sus palabras como si fuera otro quien las pronunciara.

“Honrados somos los que tenemos el privilegio de recibir al nuncio del Rey. El Notable ha sido avisado. Permitidme que me presente, soy Alixx Adr Exinii, Regidora”—La cortés reverencia es correspondida por un suave gesto que en cortesía no hubiera desentonado en presencia del propio Monarca Adwulf. Si este siguiera vivo, obviamente.

Unos pasos resuenan en la antesala en la que se ha permitido tomar asiento. Dos guardias hacen su entrada y a éstos sigue, ataviado apenas con un traje de monta y portando una sobria espada al cinto, un hombre al que las canas que siembran su poblada barba y menguado cabello no parecen haber restado un ápice de vigor. No precisa presentación. Janiel se levanta y yergue lo más que sus agarrotadas lumbares le permiten.

“Mi Señor Gálabor, soy portador de desgraciadas noticias. El Rey Adwulf ha dejado de recorrer junto con su reino las sendas del destino. Habéis sido convocado a la reunión de los Clanes, y se han de cerrar los pasos”—El mensaje, aprendido como una letanía, resuena en la sala como si se hubiera proclamado en el desfiladero de Phunt. Gálabor no parece tan impresionado como preocupado. Tal vez, incluso, triste. La Regidora ase con su mano diestra la Piedra de la Sabiduría, y por fin, liberado de su pesada carga el emisario siente que le van a flaquear las rodillas. Antes de que le despidan con un gesto de trabajo bien hecho, se atreve nuevamente a dirigirse al Notable.

“Mi Señor, hay más. Cinco mensajeros atravesamos las puertas de Siddion coon destino a Exinii. Únicamente llegué yo, y dejé a mis cuatro compañeros detrás. Caímos en una emboscada. Proscritos. Varias docenas, tal vez incluso más. Tened cuidado si atravesáis la floresta ya que los vericuetos del camino les son propicios”—Gálabor escucha atentamente las palabras y asiente. “Realmente ha debido ser un duro trayecto. Con la escolta que llevaré hará falta algo más que unas docenas de bandidos y desertores para que supongan una molestia”.

“Una última merced”—Añade Janiel. “Permitidme partir tras vos con sólo unos rastreadores y unos pocos soldados. Mis compañeros pueden estar con vida”. Gálabor parece meditar su respuesta para concluir con una mesurada sacudida de cabeza. “Por desgracia no puedo disponer de muchos hombres en este preciso momento para pacificar los bosques”—proclama el Notable con voz apesadumbrada. “No obstante un grupo partirá hacia Siddion después de que mis instrucciones hayan sido cumplidas en los pasos. Si lo deseáis podéis unid vuestra espada a ese grupo y tal vez podáis averiguar algo por el bosque. En cualquier caso no envidio la suerte que han podido correr si efectivamente, como temo, Drik apodado Flecha Negra ha podido tener algo que ver. Se trata de un desertor de los clanes”—Dice con desprecio. “Ahora es momento de que descanses. Yo partiré en cuanto salgan mis avisos a los puertos. Nadie debe venir del Páramo. Nadie debe salir de Urbundia”. Con un golpe en el pecho Janiel abandona la sala no sin antes hacer una ligera reverencia. Gálabor le dirige una mirada de aprobación.

jueves, 12 de agosto de 2010

Reporte 28

Registro de visita: XX+2/WW+3/SLD
Motivo de visita: Reporte de estado de misión

Confirmada identidad del agente enemigo como híbrido de segunda generación. Ha adoptado el papel de “representante del Neogobierno”, según estratagema clasificada en los protocolos de reconocimiento como MIB. Su operación presenta un estadio avanzado de implantación. Dispone de abundantes recursos materiales que le facilitan una escenificación lo bastante sólida para disponer su pantomima y lograr hacer creíble su farsa.

Ha contactado con miembros menores de la autoridad local, en grado de progreso no determinado con fiabilidad. Estimo que será una fase intermedia porque aun actúa con reserva. La siguiente fase de mi contraoperación de investigación será averiguar su objetivo y el motivo de que se mantenga aun en la sombra ¿hábitos adquiridos del pasado? ¿no dispone aún de medios suficientes? ¿juegan al despiste?

Investigación en curso, mantengo la vigilancia y trataré de establecer lazos con algunos lugareños para mejorar nuestra posición.

Balance:
He conseguido algunos productos extras, para uso cotidiano, que dejaré aquí cuando me marche. No es necesario que sean retirados a mi marcha por si se vuelve a utilizar el piso franco.

Mensajes:
Cazadores a la espera.
A “compras”: creo que conseguiré cerrar algunos buenos tratos, sería conveniente que alguien venga a retirar la mercancía en unos días y si es posible traer más material para comerciar. Estarán apilados y etiquetados en la habitación principal. Recomiendo estudiar el establecimiento permanente de una factoría comercial en la localidad. Para encubrir futuras misiones y por el beneficio comercial potencial de la plaza.

Firma: Capitán Salazar “Coyote”

martes, 10 de agosto de 2010

Reporte 26

Registro de visita: XX+2/WW+2/SLD
Motivo de visita: Reporte de estado de misión

Mis pesquisas han confirmado la sospecha previa de actividad de operación encubierta enemiga. Identidad compatible con híbrido de segunda generación (versión pendiente de identificar). Peligrosidad en proceso de estimación. Sospecho que puede haber contactado con las autoridades locales. Esto, unido a las circunstancias “especiales” de Justiciudad suponen un obstáculo inesperado.

No se recomienda intervención directa de cazadores para eliminación hasta confirmación o descarte del posible contacto. Se intentará abortar sus planes pero sin interferir las delicadas relaciones de la Causa con la autoridad de Justiciudad. Es prioritario no dañar estas después episodios anteriores por “tensiones jurisdiccionales”. Los Justiciadores son muy suspicaces y de gatillo fácil, no queremos tener que enfrentarnos a ellos. Cualquier misión de erradicación de enemigos en la población debe consultarse previamente con el mando sectorial para valorar las consecuencias diplomáticas. Recomiendo que se actúe con discrección y minimizando la actuación a lo indispensable por parte de efectivos de la Causa.

He establecido este nuevo piso franco desde donde escribo, como refugio en la localidad. Denominación desde ahora WW+2. Lo emplearé como base de operaciones y como tapadera durante la misión actual. Ubicación discreta, aceptablemente situado y cerca de accesos a contactos referidos anteriormente. Podría emplearse en un futuro si consigo hacerme con él definitivamente. En negociación.

Balance
:
Abastecimiento elemental del nuevo piso franco en JC.
He comprado algunos lotes de prendas con los que comerciar que dejaré a mi partida. Solo los del fardo del fondo cumplen las especificaciones de los manuales. El resto dejar para uso comercial fuera de JC.

Mensajes
:
Cazadores, contención y mantened alerta. Nada de heroicidades, muchachos.
A “compras”: el nuevo refugio requerirá equipamiento básico de reaprovisionamiento si se acepta como zulo permanente.

Firma: Capitán Salazar “Coyote

lunes, 9 de agosto de 2010

Reporte 25

Registro de visita: XX/YY+7/VGC
Motivo de visita: Reporte y abastecimiento

He encontrado a Kowalski en la aldea de Pergmant y me ha contado todo. Esos pirados han firmado su sentencia de muerte y ni se han dado cuenta.

He revisado las reservas de provisiones del zulo y el inventario previo. Haciendo cuentas, por lo que me ha contado Kowalski y lo que he podido sacar a los estúpidos aldeanos creo que sé a donde han ido. Se trata de un antiguo acuartelamiento de la GN, según me indicó Spinoza una vez. A él le costó escapar. Es una trampa, el lugar está vigilado y seguramente haya algún cazador-asesino al acecho. Estos incautos se han metido en una típica encerrona de hijoputa cabezalata. No tiene sentido ir a por ellos. Es suicida. Si por algún azar consiguen escapar de allí con vida estarán nuevamente perdidos. El OdC no los va a dejar ir por ahí con un BMR cargado de armas. Es una locura. No llegarán a ninguna parte sin que les fría. Descerebrados. Solo espero que ese sea su final y no capturados. No me gustaría encontrarmelos del otro lado y reconocer algo de ellos cuando elimine el próximo cabezalata o gris...
Seguiré vigilante por si hay noticias.

Kowalski estará bien con los lugareños hasta recuperarse del todo. Está algo más recuperado de lo que se decía en el informe previo y creo que de esta se salva con las medicinas que le he chutado. Permanecerá en la aldea unos días. Tal vez consiga difundir nuestra lucha, aunque conociendo su estupidez fanática perderá más tiempo con sus beatadas que su verdadera tarea. Es que no aprenden...

Aún no termino de creerme lo del chico nuevo en NR y menos aún que saliera vivo. Menuda sorpresa. MEV debe velar por nosotros con su bendita salsa boloñesa o algo. O tal vez simplemente seamos cojonudos. ¡Seguid así tíos!

Balance:
Dejo la artillería que me llevé de RR y no he usado.
Traigo algunas raciones de duración media trocadas en Pergmant para reponer lo desvalijado por O'Bannon y sus pirados.
Me he llevado el antibiótico que quedaba salvo una dosis para K.

Mensajes:
A “Kowalski”: si pasas por aquí antes de que vuelva a la aldea a por tí, te he dejado un paquete con más en el estante de arriba a la derecha. Prepárala como te enseñé y ya sabes lo que hacer con ella. Suerte, chaval. Si me necesitas ya te he dicho por donde encontrarme los próximos días, pero lo no deberías moverte de la aldea si puedes evitarlo. Piensate volver.
A “matasanos”: necesito más de esa mierda y pasadle un poco a K. que la va a necesitar. He agotado la provisión del zulo. Ya no produce aquella reacción, informad a los “batas” por mí.
A “Benson”: ¡Bien hecho chaval! Tenemos una birra pendiente.
A “todos”: Seguid vigilantes y borrachos, tíos.

Firma: Vogt el Chinitas. Ánimo y cerveza para todos, compañeros.

sábado, 7 de agosto de 2010

EXEQUIAS POR EL REY ADWULF (vi)


EL FUNERAL (ii)

Mientras los correos se esparcían por el Reino portadores de la noticia del óbito, en la espesura del bosque de las estelas Narde Adr Rune arroja las tabas sobre una piel de carnero estepario. El cubo de obsidiana se ha dispuesto en el centro, si bien sobre la encarnada pluma de la garza carmesí. En concreto sobre un extremo de ésta. Cerca del otro extremo de la pluma, la férrea garra del Biak, como si acabara de abatir a su presa. A escasos dedos de la anterior figura sólo la irregular corteza del roble ahumado parece interponerse entre los frutos de espinosa y el diminuto alacrán disecado. La cola del pez, la moneda imperial y la onza de acero han caído en otro extremo, sin pauta aparente. El rostro del Maestro de Runas se torna en un rictus severo. Concentrado en los elementos dispersos frente a él y tomando un sorbo de la calabaza que cuelga de su flanco su mirada parecía perderse en dirección al rústico lienzo sobre el cual se dispersan los variopintos elementos. El Reino sangra, de eso no cabe duda. El Biak tal vez ha herido mortalmente el Reino, o tal vez sólo acecha a la presa que se desangra. Los bosques parece que dan cobertura al pueblo de las alimañas, o tal vez es el bosque el que impide que el populacho abrace a los depredadores que ansían encontrar su lugar entre ellos, donde no lo tienen. Los gremios y los clanes parecen fuera de la escena. Los Timerios parecen expectantes. De repente su concentración se rompe por unos instantes, fuera de su choza parece que hay revuelo.


Tras libar de nuevo de la calabaza se dispone a tomar su manto y salir cuando se percata que desde una posición más elevada el panorama cambia. La piel de carnero es un campo de batalla, en el que se lucha por el control del Reino y su pueblo. La sangre fluye del dominio. Alrededor de éste el mal que acecha desde el páramo, y quién sabe qué alimañas se sitúan más cerca que los clanes o incluso los gremios. El bosque es una incógnita. Dificulta el paso de personas e ideas. En su interior moran los proscritos. En el momento en el que se dispone a amarrar el manto alguien entra a la tienda gritando que el monarca ha muerto. Ya ha empezado a sangrar el reino. Se trata de Jeshoa, Forjador de Leyendas. Narde no puede evitar que éste se fije en la piel de carnero y nota que el color abandona la tez del inoportuno visitante. De un golpe rápido deshace el entramado de las tabas. Ambas miradas se cruzan, se mantienen durante unos instantes para luego apartarse. Se ha sellado un pacto. Las runas han hablado justo en el momento de la muerte del soberano y lo han hecho augurando sangre. El destino del Reino está escrito. Sólo los clanes tienen en sus manos el poder de elegir una espada afilada para combatir los peligros que acechan… incluso desde más allá de las montañas. Tal vez --sólo tal vez--y esa posibilidad hiela la sangre de los dos eruditos mientras franquean la puerta hacia el exterior, desde el Páramo.


Desde el claro donde está situada la choza de Narde y otras pocas más apenas se distingue la muralla, si bien las luces se antorchas hacen intuir sus contornos, parcialmente cubiertos por la floresta. Los clanes han doblado su presencia en las murallas. Pronto los gremios aparecerán por el bosque y el palacio como aves carroñeras prestos a aprovechar cada trozo de regia carne que quede adherido a la mortaja. Cuando el chambelán y los Custodios consideren que la situación es lo suficientemente segura harán que suenen los cuernos y se conozca por la ciudad durmiente el luctuoso acontecimiento. Narde es lo suficientemente anciano como para recordar la muerte de Delathor, en una escaramuza con los Timerios, y sabe que es esencial que los clanes dejen de lado sus rencillas para no amenazar la paz del reino. Y, de nuevo, están las tabas. Sacude la cabeza mientras Jeshoa le coloca su fuerte mano sobre el hombro.


Los clanes han sido convocados. Es nuestro momento de avisar a los decidores de sagas y tallistas de runas.”La voz de Jeshoa es impersonal y parece que no le imbuye ningún sentimiento al pronunciar las palabras. En cualquier caso tiene razón. Un reinado de paz, que dará paso a la cruenta lucha que las tabas vaticinan. La estela de Adwulf será tallada mientras su pira consume su carne, con la aclamación del nuevo Rey.


jueves, 5 de agosto de 2010

Franz Kafka, ese gran y primigenio frikazo

Un Mensaje Imperial

Por Franz Kafka

El Emperador –así dicen– te ha enviado a ti, el solitario, el más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía, microscópica ante el sol imperial; justamente a ti, el Emperador te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte. Hizo arrodillar al mensajero junto a su cama y le susurró el mensaje al oído; tan importante le parecía, que se lo hizo repetir. Asintiendo con la cabeza, corroboró la exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre reunida para contemplar su muerte –todas las paredes que interceptaban la vista habían sido derribadas, y sobre la amplia y alta curva de la gran escalinata formaban un círculo los grandes del Imperio–, ante todos, ordenó al mensajero que partiera. El mensajero partió en el acto; un hombre robusto e incansable; extendiendo primero un brazo, luego el otro, se abre paso a través de la multitud; cuando encuentra un obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del sol; adelanta mucho más fácilmente que ningún otro. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. Si ante él se abriera el campo libre, cómo volaría, qué pronto oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu puerta. Pero, en cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio central; no acabará de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado mucho; todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras; y si lo consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría que cruzar los patios; y después de los patios el segundo palacio circundante; y nuevamente las escaleras y los patios; y nuevamente un palacio; y así durante miles de años; y cuando finalmente atravesara la última puerta –pero esto nunca, nunca podría suceder–, todavía le faltaría cruzar la capital, el centro del mundo, donde su escoria se amontona prodigiosamente. Nadie podría abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto. Pero tú te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas, cuando cae la noche.


vía http://www.lamaquinadeltiempo.com/prosas/kafka01.htm

martes, 3 de agosto de 2010

EXEQUIAS POR EL REY ADWULF (v)

LA ASAMBLEA DE LOS CLANES (i).

Que el privilegio de no trabajar la tierra ni atender el comercio no haga a los señores olvidar que es a los siervos a quienes protegen y con ellos al Rey, al que siervos y señores sirven” (Fuero de los señores. Bosque de las estelas)


Las murallas de Siddion sirven de refugio a sus habitantes y guardan los más preciados tesoros que constituyen la esencia del Reino. Sólo así se puede entender que más de la mitad del perímetro proteja una boscosa colina donde se mezclan las estelas rúnicas con árboles centenarios. Es el bosque de las Estelas, lugar de reunión de los clanes y donde se tallaron los fueros, que trajeron la paz al reino. Así, bajo un roble que bien pudiera haber estado allí desde antes de la caída del Imperio, un impresionante monolito cubierto de elegantes runas consolida en granito el llamado Fuero Del Reino; a treinta pasos a la izquierda del imponente menhir, sobre la superficie de una enorme columna imperial de mármol que --según las leyendas--pertenecía al Palacio del Gobernador se encuentra tallado el Fuero de los Siervos; justo en la posición opuesta y en una roca basáltica que no parece tener cabida en este paisaje boscoso se encuentran plasmadas en la dura roca las runas del Fuero de los Señores. Estas tres rocas que constituyen los pilares del reino sirven de frontispicio a un gran claro donde los clanes proclaman a sus reyes, e incluso donde los siervos eligen a sus chambelanes. Algo más al este se encuentra otro calvero sembrado de estelas, algunas de proporciones colosales y otras más modestas, donde se tallan las grandes hazañas de Reyes y notables del reino. Dispersos en la colina otros claros más pequeños agrupan estelas que recogen la sabiduría traída de la Estepa más allá de las montañas del norte, así como otras sagas, crónicas y leyendas de incierta procedencia.



Desde mucho antes del amanecer capataces y menestrales bullían en una febril actividad, preparando la regia pira que habría de iluminar el cielo urbundio cuando, proclamado que fuera el nuevo Rey, ardiera la carne del anterior, imbuyendo a todo el Reino de su fuerza. Se erigían tiendas y cercados para alojar a los cientos de personas que han sido convocadas a asamblea de los clanes. También se hacía acopio de paja, heno y helechos, para dar cobijo a los tallistas de Runas, bardos y declamadores de Sagas que tendrían cabida en el bosque. Los chambelanes y maestres de los grandes gremios que tenían el privilegio de presenciar la asamblea deberían abandonar los claros al caer la noche, ya que romperían la inspiración de los forjadores de leyendas y los forjadores de reinos. Una vez más las mujeres de vida disoluta, buhoneros no gremiales, y cambistas serían obligados a abandonar el perímetro amurallado, puesto que en estos días sus oficios sólo perturbarían las ceremonias y exequias.

Con las primeras luces del alba Raddor Dar Edirian señor del gran canal y las calzadas, fue el primero de los notables que acudió al Bosque de las Estelas, excepción hecha de los defensores del mismo --los notables del clan Dar Urbundi--consagrados en cuerpo y alma a proteger las murallas de Siddion en general y el bosque en especial. El líder de los Dar Urbundi, el venerable Ashword --compañero y confidente del finado monarca-- estaba ya sentado sobre un butacón en el propio claro. Solitario. Los designios del finado Adwulf se materializaron durante años a través de la mano de hierro de Ashword Dar Urbundi, que siempre flanqueaba al monarca, de ahí lo insólito de su soledad. No obstante el cenit del finado Rey fue dejando en la sombra a su otrora primer espada, al que con el paso de los años y pese a ser más joven que el soberano fue apartándose en la última década de la escena pública y son sus dos sobrinos los que representan la cara visible del clan. El rostro cargado de arrugas y sombras hacía ver aquella noche que el patriarca de los Dar Urbundi no sólo había perdido a su Rey, sino también un amigo. En claro contraste Mosen y Franzsk Dar Urbundi parecían moverse como ardilla por la copa de las encinas entre chambelanes y notables que poco a poco acudían al claro. Los Dar Astenian, dueños de los molinos; los Dar Caribdis, con señorío en las aduanas y fielatos; los Dar Wanda, dueños de ciertos realengos de grano. La concurrencia empezaba a hacerse más numerosa hasta que por fin llegaron los Dar Bilbilii, dueños de herrerías y forjas, y sólo unas horas más tarde los Dar Exinii, guardianes de los pasos del Norte. Reunidos entre los brazos protectores de las tres grandes estelas los notables de los clanes lloraban a su rey mientras entre lágrima y sentido quebranto se forjaban alianzas y salían a relucir rencores antiguos. Los chambelanes del reino y los maestres gremiales se situaban en un segundo término, sabedores de que cualquier alianza que prosperara habría de contar con ellos.

sábado, 31 de julio de 2010

Bastión (y 5)

Confundida, aterrorizada y sin saber qué hacer. Si se aleja del tocón tal vez la descubran mientras huye al bosque. Si se queda allí tarde o temprano la encontrarán. Son demasiados y no sabe de dónde han salido. Ha estado oyendo horrorizada los sonidos de la desesperanza. Compungidos quejidos de mujer. Asustados lloros de niños silenciados por madres aún más atemorizadas. También palabras bruscas por voces broncas. No sabe realmente cuanto tiempo lleva allí, pero le ha resultado una eternidad insufrible escuchar a sus convecinos sometidos.

Para ella todo había comenzado aquella noche unas horas antes. Su amado estaba fuera, de patrulla para el Señor, como de costumbre. Casi siempre estaba sola, aunque no le molestaba. Se sentía querida y él hacía todo eso por ella. Él había renunciado a su gente en las llanuras solo por estar con ella. Eso es lo que él siempre le decía. Aunque ella sabía que era una verdad a medias. También le contaba que era descendiente de un linaje de príncipes de las estepas, un jinete bravo. Eso también era solo parcialmente cierto. Entonces le enseñaba su arco compuesto, joya de la artesanía, artilugio bélico sin parangón a este lado de las cumbres de la cadena del Ku’e que el reclamaba como legítima prueba de sus derechos de heredad. Eso era otra de sus entrañables bravatas –que en el fondo era lo que a ella tanto seducía del carácter de él.

Porque ella ya sabía que su principesco y embaucador amor era uno de los múltiples hijos de los múltiples hijos bastardos con los que el famoso conquistador estepario había diseminado la mitad de las tierras fronterizas. También sabía –tácitamente lo sabían ambos- que el dominio de los jinetes esteparios murió con su gran líder, el abuelo de su amado.

Sabía parte de todo eso –la caída del imperio de los salvajes era algo difundido por entre los habitantes de las montañas- porque se lo había revelado la anciana. La misma a quien fue a ver aquella noche. Antaño ella se refería a la anciana como el resto de aldeanos. De hecho, seguía haciéndolo así entre sus vecinos para no llamar la atención: la vieja del barranco, la bruja loca o la bruja come-niños.

Sin embargo todo cambió un día que recogía bayas cerca de la embocadura del citado barranco. Es un lugar donde la chiquillería no suele recolectar, por las obvias consideraciones que conlleva la fama de la mujer que habita cerca. Esto hace que no estén esquilmadas las zarzamoras ni los escaramujos. Tan solo compite con la población local de pitos reales y algún arrendajo goloso. El lugar, además, es de difícil acceso incluso para los estándares de la zona, lo que configura el paraje como notable entre los escaladores más temerarios. Esos mismos obstáculos de la orografía agreste del lugar fueron los que le jugaron una mala pasada a ella, el día en que se torció un tobillo tratando de salir con su cargamento de frutos. Para su ventura, la anciana deambulaba no lejos de allí. La socorrió, ayudándola a salir del aprieto. Después atendió la lesión con un emplasto de hierbas y musgo que alivió la hinchazón. Ella, sorprendida de la amabilidad de la anciana mujer, descubrió que las habladurías que se contaban en la aldea eran infundadas. Le agradeció los cuidados con su cargamento de bayas y a partir de ahí se acercaba furtivamente a visitarla de vez en cuando. Poco a poco fue conociéndola y descubrió que, si bien la anciana era harto peculiar en su modo de vida y de extravagantes costumbres, era de corazón afable. Ella, una campesina de las tierras bajas casada con un bárbaro extranjero, llegados como parte del contingente de colonos inmigrados a las montañas cuando el nuevo Señor retomó la explotación de la mina, no tenía muchas amistades entre las demás mujeres. La mayoría de sus maridos eran labriegos o jornaleros en la mina. La amistad con la anciana le brindó un asidero emocional en esta nueva tierra.

Así fue que intimó tanto con la anciana que después descubrió que esta poseía el don de adivinar los designios del destino en los posos del té, ese de hierbas amargas que preparaba. O mediante las estrellas, a las que canturreaba medio desnudas sus flácidas carnes en las noches de luna nueva.

Así fue que descubrió todas las medias verdades sobre su amado y así fue que aquella precisa noche había acudido a la anciana una vez más, para averiguar a qué se debía su indisposición de los últimos días. Sus sospechas se confirmaron. Estaba encinta del linaje del conquistador. Tenía una gran noticia que dar a su amado.

Todo su gozo se truncó al acercarse al poblado y solo el capricho de la fortuna quiso que no hubiese llegado ya al poblado cuando aquellos despiadados saqueadores empezaron a corretear por entre las chozas. Ya habían saciado su sed de sangre con los soldados de la fortaleza y ahora querían saciar otras pulsiones. Presenció como los aldeanos varones eran sacados de sus hogares, amenazados, aporreados con las astas de las lanzas y pateados. Si alguno no se hubiese humillado habría sufrido la misma suerte que sus protectores del castillo. Apenas pudo ver esa parte acuclillada tras un tocón de la linde tras el que se agazapó al oír los primeros gritos. Después lanzó temerosas miradas, enturbiadas por lágrimas. Vió a figuras sombrías por el poblado, entre las casuchas. Deambulando, rebuscando como fieras. El tiempo discurriendo lento cual tormento por traición.

No, no puede dejarse arrastrar por el pánico que la zarandea en temblores traicioneros. Busca algo firme en su interior y se agarra a una idea, aquello que su príncipe estepario habría hecho, lo que le diría en ese momento: acechar como el zorro de las praderas, aguardando cauto y receloso. Sin más, sin pensar en otra cosa. Solo atenta a esperar y vigilar. Como un cazador de ratopines. Una idea en la mente para tenerla despejada de todo sentimiento de pavor. Con todo, se sujeta la mano trémula para recuperar cierta calma.

Es entonces, gracias a que está plenamente consciente del entorno, que oye algo. O más bien deja de oir. El ruido de los mercenarios ha cesado. No se fía. Se le acelera el pulso aún más si cabe y le cuesta concentrarse, los latidos martilleando sus oídos. Trata de escuchar un poco más. Se asoma tímida y lanza una mirada. ¡Es cierto! Sus ojos ya no están tan nublados por el llanto así que puede confiar en ellos más que en sus oídos palpitantes. Simplemente no están allí.

El corazón le da un vuelco. Las piernas le echan a correr solas. Hacia el bosque, hacia lo oculto. Corre sin mirar atrás. Sin querer saber lo que sucede a sus espaldas. Escapando de la incertidumbre de la presa, del horror del testigo que se adivina próxima víctima. Huyendo de la torturante espera. Libre. Libre del miedo que la atenazaba, entregándose a un desesperado acto instintivo por sobrevivir. Adentrándose en el bosque.

Las ramas bajas de los árboles le arañan cara y brazos. Los arbustos atraviesan la falda con espinas lacerantes que desgarran la tela y pican sus piernas. Se destroza los pies con raíces y piedras sueltas. Pero por nada deja de correr, nada la detiene. Casi se siente impulsada por una fuerza de la naturaleza. Como si el propio corazón del bosque la guiase en un trance de castigo físico y liberación espiritual. Algo que palpita en su interior y es llamado por algún lugar de entre la vegetación, la tierra húmeda y el olor a musgo y hojas muertas. Hacia la profundidad oscura y verde, dejándose llevar. Arrastrada por un llamado atávico de la montaña sin saber a donde va. Sin querer saber. Entregada.

Cae extenuada tras su alocada carrera. La cabeza le da vueltas y está mareada, desorientada. No comprende qué le ha sucedido. Conforme se apacigua el latir de su corazón, desaparecen los fogonazos en sus ojos y puede enfocar la vista. Rayos de sol la bañan gentilmente, escurridos por la cobertura de hojas. El cielo está parcialmente cubierto por ramas que se inclinan desde el borde. Es un claro en lo más perdido del bosque. Recóndito y secreto. Algo seco y menudo cae en su regazo y se incorpora. Entonces empieza a reconocer. Un grupo de piedras. El gran alerce presidiendo con sus agujas encrespadas. El coro de arces, susurrando una melodía apacible con las hojas, sus semillas planeando desprendidas con la brisa en giros jugetones.

Es su claro. El sitio donde él la trajo aquella vez, a las pocas semanas de llegar. Cuando ella dudaba de su elección al acudir al reclutamiento de colonos del Señor. Él había descubierto el sitio al extraviarse en una de sus primeras patrullas, cuando aún no conocía la zona que luego pasó a controlar como si fuera su amada estepa. Allí él la sosegó, apaciguó su inquietud y la convenció de que juntos podrían superar cualquier dificultad. Ya que él la amaba y era de la estirpe del más grande conquistador. Ella también lo amaba y por eso se dejó convencer pronto. Después celebraron su mutua acuerdo con un mutuo y delicioso revolcón. Aquel paraje la reconfortaba en su interior y la hacía sentirse segura desde entonces saber que estaba allí, en algún recóndito lugar del bosque.

Regresaron de aquel día maravilloso, ella en la grupa del poni, o takhi como él lo definía a veces. Aunque de nombre lo llamase “Nuru” y nunca entendiese aquella multiplicidad de apelativos. Como no terminó nunca de entender el apego y familiaridad de su príncipe para con el peludo animal.

Toda esa nostalgia se agolpa en su pecho, acumulada con el miedo pasado, la pena por la aldea, la excitación frenética de la carrera y se desborda en un llanto amargo, desgarrada con tanta emoción se hunde sobre sí misma, acongojada. ¡Su príncipe! ¿¡Dónde está su príncipe ahora!?

Y es entonces que siente una presencia a su lado, treinta y pico arrobas peludas que con un áspero lenguetazo borran sus lágrimas de un sopetón. Una testuz enorme con ojillos negros almendrados que se ha acercado con tanto respeto a su dolor que ni ha oído sus cascos. Se incorpora hacia él.

-¡Nuru! ¿Dónde está el amo? Dime Nuru, ¿dónde está?

El animal, se revuelve, se sacude y sus crines hirsutas se balancean, como rehusando la pregunta, en realidad incómodo ante la ansiedad de la mujer.

-Nuru, llévame hasta él ¡Oh, Nuru! Tráemelo, Nuru bonito, devuélveme a mi príncipe, Nuru... - suplica ella irrumpiendo en nuevos sollozos y derrumbándose de nuevo. Es entonces que la bestia cabecea suavemente contra ella, interrumpe su llanto y la empuja para que se incorpore, a lo que ella reacciona con lentitud.

-No Nuru, no, … - gimotea la mujer- no puede ser, no puedo seguir sin él. Sola no puedo...

El animal frota su cabeza contra el vientre de ella en ese momento. El mismo que alberga al hijo de su amado príncipe. El de sangre de conquistador, aquel que nunca se arredró ante la adversidad. Su recuerdo vivificado, personificado en una promesa de vida y esperanza.

Es entonces que ella se vuelve a levantar, se abraza al animal y retoma el aliento para exhalar un largo suspiro de comprensión y aceptación. Conectada con la realidad que le transmite la tierra a sus pies, el aire en sus pulmones, la vegetación que la rodea, y la sangre caliente del animal sintiente que abraza. En definitiva, la vida.

Tiene que seguir adelante para poder contarle a su hijo -pues varón dijo la anciana que será- que es descendiente del linaje del conquistador, príncipe de las estepas. Para demostrarselo contará con su heredad: un poni de pura raza, testarudo y fiel, y un arco compuesto de factura sofisticada y precisión inigualable.

Se sacude las ropas de hojarasca y tierra para emprender el viaje hacia una nueva vida, con el poni andando a su lado.

--- FIN ---

jueves, 29 de julio de 2010

Bastión de la montaña (4)

De un último golpe seco consigue finalmente soltar el yelmo que sujetaba el baúl mientras él se arrastraba bajo el imponente peso muerto.

Momentos antes, mientras esa chusma montañesa aporreaba su puerta, él ha tenido tiempo suficiente para preparar su huída. Ha atrancado la puerta, ha apilado algunos muebles y encima ha puesto el colchón de plumas junto a sus lujosas y tupidas pieles. Dos redomas de valioso aceite de lámpara perfumado, importado desde las costas de poniente, completan el cóctel. Ha asegurado el ventanuco taponándolo con su escabel preferido encajado en el hueco para que no puedan abrirse las contraventanas. Como colofón, su fiel, corpulento y mudo sirviente de cámara yace acuchillado por la espalda. Con esto ha dispuesto todo lo necesario para las maniobras de distracción y de ocultación de su vía de fuga para no dejar rastro. Todo ello sin dejar de intercambiar airadas palabras e insultos a gritos a través de la gruesa puerta con el intruso que parece llevar la voz cantante. Cuanto más hablaba este, mejor se pertrechaba. Se ha cambiado de ropas y se ha puesto su traje de caza más cómodo, un justillo tachonado liviano, sus mejores botas para campear y se ha ceñido un largo chuchillo de monte. Lástima que su espada no fuese a pasar por las estrecheces que le esperan. También ha cogido un manto de pieles, el cual ha enrollado con uno de sus cinturones – las noches ya pueden ser cruelmente frías en esta época- y lo ha arrojado por el hueco en el suelo que hay bajo el baúl inclinado. Por último, aunque más importante, ha repartido en pequeñas bolsas su magnífico tesoro: multitud de gemas arrancadas de las tripas de la mina que se abre abajo. Apenas cargará con el peso de tintineantes monedas, solo lo justo para valerse los primeros días y sin que le estorben en la azarosa escapada del bastión que le espera.

Y justo a tiempo, cuando todo estaba ya dispuesto, pareció que el vocero de los mezquinos asaltantes se ha cansado de importunar. Entonces prendió fuego al jergón y se deslizó bajo el cofre. Por un momento se produjo un instante de pánico al engancharse sus ropas, mal ajustadas por la premura al equiparse, en la angostura bajo el cofre. Irónicamente parece que el tiempo pasado al mando del castillo se ha cobrado un precio. Las comodidades de la vida señorial, los banquetes y bacanales, la buena vida sedentaria, le han hecho coger algunos quilos de sobra. Un sudor pegajoso le cubre como un repentino sudario conforme le llegan los vapores acres de las pieles quemadas y el humo empieza a acumularse, arañando su garganta. Reprimiendo un acceso de tos – demasiado humillante morir como un topo ahumado, se dijo así mismo- recuperó los nervios, tensó la musculatura de su antaño poderoso torso y consiguió pasar la tripa por el agujero sujetando el peso sobre la espalda, para después volver a descansarlo sobre el maltratado casco que lo soportaba.

El descenso no es nada fácil. El pasadizo secreto carece de mantenimiento alguno. Mugre centenaria lo poblaba, con un olor mohoso que anuncia el grado de humedad. En más de una ocasión los peldaños tallados resbalosos le juegan una mala pasada, cubiertos de una fina película de condensación. De tan estrecho en algunas partes apenas puede pasar, rozándose con las paredes por toda superficie sensible de su cuerpo. El cuero tachonado no parece ahora tan buena idea, enganchándose sus tachuelas en cualquier reborde. Repugnantes criaturas pueblan el lugar, notando a veces como sus dedos han de aplastarlas para conseguir un asidero mínimamente firme. Mención aparte los grititos histéricos de las ratas. No quiere imaginar qué podría suceder si en esa posición tan incómoda, con las manos ocupadas en mantenerse precariamente apartado de la precipitación, algunas de las residentes habituales del túnel decidiera abalanzarse sobre su cara.

Si alguna vez ponía las manos en el cantero -aquel que le aseguró que acondicionaría el túnel descubierto casualmente al reformar la estancia tras su toma de posesión del bastión- le iba a enseñar el significado de la palabra transitable. Con un palmo de acero transitando a lo largo de su garganta. Aunque bien pensado, no iba a ser posible. Recordó que el desgraciado constructor acabó sepultado para guardar el secreto del pasadizo.

Alcanza el final de la obra subrepticia que discurre por entre el paramento del torreón. Acaba en una grieta natural de la montaña, similar a la que dio lugar a la mina que motivaba la presencia del castillo, aunque carente de la veta que alberga las valiosas piedras preciosas de aquella. El alivio de poner los pies en tierra y dar un respiro a sus sobrecargados brazos es pasajero, porque la gruta natural le reserva otras sorpresas. Algunas partes están derruidas y tiene que rebasarlas a rastras por sobre los escombros. El resto no le permite más que ir en cuclillas, a oscuras, tanteando la pared pétrea con los dedos desnudos, tropezando y trastabillando cada vez que se golpea las rodillas con algún cascote de roca afilada. El aire está viciado como si llevase encerrado aquí un millar de años, respirado por bichos inmundos una y otra vez. Maldito cantero. Malditos asaltantes.


Finalmente empieza a palpar una consistencia distinta en las paredes, terrosa y más blanda. Su sentido de la orientación está completamente confundido, aunque el difunto cantero le llevó al terminar la obra secreta a conocer la salida exterior. Está a penas unos escasos ochenta pasos de las puertas del castillo, pasado el recodo del camino que da al bosque, hacia las montañas. Está cegada un talud de tierra suelta sobre el que han crecido las malas hierbas. Lo suficiente firme para no ceder con las lluvias y lo bastante floja para poder salir a través escarbando un poco. Como un miserable topo. Lo importante es que está resguardada de la vista desde el bastión y desde el poblado. Si su plan ha surtido efecto –y acostumbran a hacerlo, de lo contrario no habría llegado a convertirse en noble- los condenados invasores estarán demasiado ocupados sofocando el incendio, si acaso este no colapsa el interior del torreón. Los suelos y vigas de madera tal vez no aguanten las llamas. Si algunas de las vigas se calcinase lo suficiente para ceder con el peso de los que intentan combatir el fuego, su huída quedará encubierta. Si no es así, en el desastre de cenizas de su alcoba tardarán en saber que no es el cadáver gordo y seboso que ha dejado atrás. O en descubrir su ruta de escape. En definitiva, tiempo suficiente para perderse por las montañas que tan bien conoce de sus frecuentes cacerías. En un par de días podría alcanzar una de las aldeas grijianas o los campamentos de leñadores, conseguir aunque sea un jamelgo de labor al precio que sea y con él alcanzar las seguras tierras meridionales.

Con todo esto en la mente ha estado cavando ansioso con las manos y la ayuda de su machete, cuando de repente la resistencia del talud cede de improviso y rueda por la breve pendiente repleta de zarzas. Su aparición de entre la nada ha sorprendido a dos soldados de espaldas que están ocupados en algún quehacer. Se giran y él trata de sacar algo de sus ropas susurrando unas palabras, interruptas por una lanzada que le ha arrojado el más cercano de los mercenarios. En su curso la punta atraviesa limpiamente la bolsa que ha sacado y sostenido ante ellos, de la que escapa una lluvia de rubíes destellantes que se confunde con el borbotón sanguíneo que brota de su cuello y abortando su tentativa de soborno. Se desploma, entre espinas, con una última emoción amarga, mezcla de frustración y extrañeza por la inoportuna e inexplicable presencia de los soldados en aquel sitio. Más hombres armados surgen tras los dos primeros y los más espabilados se abalanzan sobre el botín a empujones, dejando la tarea que traían entre manos de capturar a un simple animal asustado.

El poni relincha y aprovecha para escabullirse de los hombres que empezaban a rodearlo, merced al desconcierto que sacude el cerco humano que ahora vocifera y pelea entre sí. Emprende el trote por entre la maleza y se aleja del lugar ante la mirada atónita y distante de los vigías de la puerta. Uno de ellos hace el amago de alancearlo cuando huye, pero el otro, tal vez más veterano o tal vez condescendiente -que no compasivo-, le dice que no con el característico gesto de su gente, adelantando la mandíbula. La distancia es excesiva, ya tienen más carne de la que pueden cargar y el intento no vale la posibilidad de una buena lanza rota.

El animal, exultante por haberse librado de los aviesos hombres, trota encaminándose hacia el otro único lugar que le es familiar y querido en la zona.

martes, 27 de julio de 2010

EXEQUIAS POR EL REY ADWULF (iv)

MADERA CONTRA ACERO (ii).-


Pudo pasar un siglo o apenas unos minutos. Un inmenso látigo parecía estar azotando el rostro y las extremidades de Edward y poco a poco sus ojos se entreabrieron, constatando que el castigo al que se estaba viendo sometido no era fruto de la mano de un verdugo, sino que eran sarmientos y ramas de arbustos los que le golpeaban mientras, colgado de un recio tronco, era transportado a paso ligero entre la floresta. Quiso gritar, más le fallaron las fuerzas y tampoco era de ayuda el tener su cuerpo atenazado por sogas que hacían descansar el peso del mismo en su tórax y cadera. Sus portadores llegaron a un cauce, y preocupado, observó cómo en vez de vadearlo se dispusieron a seguir su curso. Conteniendo la respiración y tensando los músculos a fin de no perecer ahogado las varas recorridas se le hicieron leguas hasta que, al fin, la tierra firme y los malditos rastrojos volvieron a estar al alcance de su visión, que se fue de nuevo nublando.


El dolor de los músculos entumecidos no hubiera bastado para volver a despertarle, ni siquiera el estruendo de una batalla. Sin embargo el constante caer de una gota a lo que bien pudiera ser una pileta justo a sus espaldas hizo al bisoño guerrero recobrar el sentido, perseguido por la persistencia de esa maldita gota que amenazaba con acabar, si no con sus tímpanos, quizás con su vejiga. Se encontraba atado a una extraña estructura, tal vez era el mismo tronco en el que le habían porteado que parecía encajado en una grieta entre el suelo y el techo de una gruta. A escasos metros yacía en el suelo uno de sus compañeros, juraría que Frankest. Es posible que sobreviviera a la emboscada y fuera el apresurado trayecto desde el recodo del camino hasta aquí lo que acabara con su existencia. Más allá, tras unos bultos hacinados en el lecho de la roca, un grupo de desarrapados mascullaban algo ininteligible desde esa distancia. No parecen haberse percatado de que el cautivo ha recobrado la consciencia. Una fuerte punzada ataca el bajo vientre de Edward, que apenas sí logra ahogar el grito que nace de sus pulmones en un gemido que sale de entre sus labios. ¡Maldito rumor del agua! Suficiente como para que cese el parloteo entre los proscritos y se dirijan hacia allí en comandita.


No te hagas el dormido, que te hemos visto”—Dice en tono bravucón un tipejo enjuto con la piel cetrina. “Vas a desear estar muerto en cuanto Drik Flecha-Negra se entere que uno de los jerifaltes ha caído en nuestras redes”. Edward de repente nota, ante las carcajadas de los cuatro o cinco harapientos que se agolpan ante él, que la presión insoportable en su ingle no será ya un problema.


Unos pasos resuenan cada vez más cerca, y el transitorio calor se torna en helor cuando se escuchan murmullos entre los que sólo escucha lo que parece ser un nombre: Drik. Una figura ataviada de negro, el rostro cubierto por un embozo; unos guantes que parecen sacar algo del cinto: es una daga. Edward siente un leve pinchazo bajo el mentón y nota como una afilada hoja recorre la mandíbula hasta su base, para luego subir por la mejilla en un camino que inexorablemente ha de llevar a la cuenca ojo. De repente una voz retumba bajo la bóveda ancestral “Chico… Nadie te va a agradecer tu silencio como nosotros tus palabras. Tarde o temprano me enteraré de por qué cinco aspirantes a héroes recorren los bosques de Tamen a galope tendido, pero puede que para entonces no puedas contemplar otra puesta de sol”. No parece una voz amenazante, pese al frío metal que se acerca al lacrimal. Parece incluso una tabla de salvación a la que agarrarse ante la presión que se acrecienta en la comisura del párpado. Con suerte su compañero habrá llegado al puesto avanzado de los Guardianes del Norte y estarán sobre aviso. De repente, un grito. Un alarido que estremece las estalactitas de la profunda cueva:

“¡El Rey Adwulf ha muerto!”

Bastión de la montaña (3)


Los vigías sobre la muralla observan al animal. Los soldados desperdigados del poblado también se han percatado de su presencia ante los gestos de los oteadores. Se acercan al camino con pasos cautos, suaves, para no alarmarlo. Resulta casi cómico ver a los imponentes guerreros acercarse con sumo cuidado a la montura tratando de asir las riendas. Nada como la promesa de no tener que cargar con el botín por las montañas para convertir a un despiadado mercenario en amable amiguito de los animales.

El animal desconfía y se aparta de ellos, como renegando de la casta humana que representan. O como si tuviese conocimiento de los actos que acaban de cometer. Un instinto atávico de protección.


Mientras, en la fortaleza, el capitán se dirige con determinación hacia la torre que ha ocupado la troupe de asesinos. Es la misma en la que uno de los suyos fue herido y se han instalado allí. Desde luego es la más inaccesible de todas las dependencias exteriores, al extremo de la muralla y suspendida sobre el abismo en que se precipita el acantilado de la vertiente montañosa. Como el posadero de un ave de rapiña. En contraposición, enfrente está el torreón de donde él ha salido: firmemente anclado en el promontorio rocoso, su basamento es la misma montaña con la que se funde y enraíza. El acceso al torreón aislado es un almenado estrecho y con vistas a una caída de más de 200 codos. Conforme avanza, sus pasos firmes y decididos van acortándose, debilitándose. Las órdenes enérgicas que pretendía dar al jefe de asesinos se empiezan a desmoronar en su mente conforme recorre la pasarela, igual que los grandes fragmentos de firme roca se han ido desprendiendo de la pared de piedra y ahora yacen en el fondo del valle. Al fin y al cabo se dispone a dar una orden al líder de esos abyectos asesinos.

Del otro lado del pasaje amurallado puede ver la poterna del torreón entreabierta, dejando vislumbrar la oscuridad del interior. Como una cueva de alimañas. La distancia de ese lienzo de muralla no le había parecido tan larga y sus zancadas han perdido vigor como si no quisiese llegar. Algo muy dentro de él, que ha luchado por su vida en innumerables ocasiones, le pide que no siga, que se de media vuelta. Casi como deseando que suceda algo que le disuada de llegar. Cuando de repente, se oyen voces exaltadas:

- ¡Mi capitán, mi capitán! – Sobresaltado por la coincidencia se gira y responde con un exabrupto hacia uno de sus subordinados que corre tras él.
- ¡¿Qué sucede?!
- El noble, mi capitán, ¡el noble se ha vuelto loco, loco del todo!
- ¿Qué? – piensa por un momento que quizás se haya rendido, algo inaudito para su ralea.
- Se ha vuelto tarumba.
- ¡Pero aclara, soldado! ¿Qué ha hecho?

El soldado se gira y apunta a las contraventanas aseguradas desde dentro de los aposentos del señor del bastión. Hilillos de humo denso y gris borbotean por sus bordes.

Ha prendido fuego.


Todo esto pasa desapercibido a los vigías, que están pendientes de la fascinante escena de doma frustrada. Sus compañeros de armas tratan de rodear al animal y cada vez se congregan más en dirección al camino del bosque, como atraídos por el canto de una sirena equina.

Como bestia tozuda se resiste a aceptarlos. Piafa, resopla y retrocede. Renuente.

lunes, 26 de julio de 2010

EXEQUIAS POR EL REY ADWULF (iii)

EL FUNERAL (i).-

Sea privilegio de Rey disponer a su muerte de la hacienda que tuviera al tomar el cetro, sin una medida más, puesto que su estirpe queda premiada con la gloria” (Privilegios reales. Frontispicio de palacio)


La paz de un reino se mide por la cantidad de soberanos que mueren en sus camas. Adwulf apodado el Agrimensor fue el primero de los electos cuya estrella se extinguió en la paz de su lecho. Su predecesor Deleathor apodado el Pacificador logró ensanchar las fronteras del reino hasta el borde de las montañas que nos separan de la Estepa –o, como la denominan los clanes, el Páramo-y acabó con los enclaves Timerios a lo largo de la costa. No obstante, los clanes eligieron para suceder al férreo gobernante a otro aguerrido combatiente, que poco imaginaba que serían arados y no espadas con lo que se lograría la cohesión del reino.

En efecto tras décadas de revueltas y veinte generaciones después de que los clanes urbundios cruzaran las montañas norteñas por primera vez una paz sólo rota por revueltas de proscritos e incursiones de Timerios se cernía sobre el reino, lo que otrora fuera la provincia más próspera y septentrional del extinto Imperio. Veinte generaciones en las que los clanes pasaron de ser los temidos invasores a protectores del reino, y con el Pacto de los Fueros se construyó la Urbundia que hoy conocemos. El siervo trabaja la tierra, manufactura en sus talleres y comercia con el género. El señor posee la tierra, escribe las runas y defiende al reino. Tan simple como efectivo. Tan efectivo como indiscutible; no porque no quepa argumentar en su contra, sino porque disentir equivale a la proscripción, y la proscripción lleva irrevocable e indefectiblemente a la muerte..


Con el reino llorando la muerte del soberano los chambelanes y asesores --especialmente el Gremio de comercio-decidieron enviar correos urgentes a todas las guarniciones, ciudades y bastiones del reino para que acudieran los clanes a Siddion, en cuyo ancestral bosque de estelas se procedería a elegir al próximo soberano. Asimismo estos correos tenían la crucial misión de poner a los hombres de armas en estado de alerta, puesto que pese a las décadas de paz los ancestrales enemigos sólo esperan un momento de debilidad para abalanzarse sobre el joven reino; no sólo los Timerios que con sus incursiones amenazan los enclaves costeros, sino que desde el Norte podrían cernirse amenazas que nadie se atreve a pronunciar. Por ello decenas de hombres armados hasta los dientes cruzaron las puertas de Siddion hacia los confines del reino, remontando cauces, galopando por los adoquinados caminos y atravesando, a fin de llegar a las guarniciones de los pasos del norte, la espesura de Tanen. Las órdenes son sencillas: no parar; no esperar; confiscar caballos frescos y advertir a los clanes antes de que el real óbito llegue a oídos de amigos… y enemigos.

domingo, 25 de julio de 2010

Bastión (2)

Asoma un sol otoñal, tímido, como si temiese alumbrar lo que no debe ser visto. La aldea está sobremanera tranquila. Ni siquiera las aves de corral alborotan con su ajetreo matutino. Una calma desolada que se extiende como un manto empapado en la sangre de los caídos. El combate por el bastión terminó.

Un par de horas antes la locura y el estruendo de la lucha se apoderaron del lugar. Los asaltantes pasaron de largo por entre las cabañas y casuchas en el asalto inicial, directos a su objetivo primario. Este los esperaba con el portón principal abierto, los guardianes del turno de noche eliminados de forma artera y la plaza fuerte entregada. Uno de los asesinos – nunca se sabe cuántos forman el grupo de estos- debió ser sorprendido en medio de su tarea y sonó un grito de alarma. Pero ya era tarde. El grueso de la tropa invasora había tomado ya las almenas de las murallas exteriores y la resistencia estaba condenada. Conforme salían al patio los defensores eran ensartados por las lanzas arrojadas desde las altas murallas. Tampoco sirvió de nada que se intentasen replegar en el torreón, dando por perdido el resto. El portón había quedado abierto en el intento de salida y solo fue cuestión de tiempo y sangre derrotarlos arrinconados, estancia por estancia, peleando por cada palmo de escalera y cada losa de suelo. Quienes quedaron en los barracones exteriores fueron asfixiados dentro con humo o aseteados al tratar de salir. El silencio se apoderó del castillo después, cuando tocó el turno a arrasar la aldea que se desparrama ante sus muros.

No hay jadeos de moribundo. Ya han sido despachados todos ellos. Junto con los heridos de la guardia. Y el resto de la guarnición. En la aldea cualquier varón en edad de empuñar un arma ha sido aherrojado.

Afinando mucho el oído sí que se pueden discernir algunos sonidos apagados fuera: sollozos entrecortados en algunas cabañas, algún lamento temeroso y algún que otro gemido. Unas pocas figuras pertrechadas para la guerra andan entre las chozas. Por su paso no se puede saber si solo patrullan o si siguen a la busca de algún botín, sea objeto, animal o persona.

El resto está dentro, en el saqueo del fortín. En la parte superior al matacán hay encaramados dos tipos corpulentos vigilando. Cubiertos aún de costras de sangre propia y enemiga. Es el mejor punto para controlar a la vez la aldea, el camino y la plaza de armas. Sin embargo, es extraño que se hayan apostado sobre la construcción y no dentro. Parece como si sus primitivas costumbres los impulsaran a rehusar estar bajo techo. O tal vez sea que simplemente tienen mejor ángulo de visión desde incómodo techado.
Comparten rasgos duros y corpulencia. Tal vez incluso sean parientes, en las aldeas de montañeses norteños ya se sabe. Hablan poco entre ellos, como es la costumbre de su pueblo. Parecen demasiado ocupados escrutando los alrededores. La aparente calma después de la lucha no parece haberlos dejado satisfechos. En la montaña de donde proceden nunca se está en completa calma, incluso tras la victoria. Más aún cuando ambos conocen la situación que se cuece en el interior.

Aún no han sacado al señor del fuerte de sus aposentos donde se ha parapetado. Y sigue aún vivo solo porque su vida puede valer oro. Mientras el capitán trata de discernir si esto es así o no, aún no ha decidido qué hacer. Lo normal habría sido que hubiese salido a morir con sus hombres, con lo que no se habría planteado la oportunidad de capturarlo vivo. Luchar con arrojo y entregar la vida muy cara. Es lo que se espera de todo un Señor. Por algo es Señor. Sin embargo esta rata indigna se ha refugiado en su alcoba. Brindándoles nuevas oportunidades con ello, pero también un quebradero de cabeza.
El capitán es un viejo lobo de batalla. Conoce su oficio y sabe que el tipejo debería estar muerto. Que su propio Señor no le culpará si entran en la estancia y acaban con ese cobarde como es debido. Pero eso costaría pérdidas innecesarias entre sus hombres. No le pagan por sus muertos, al menos no en esta misión. Aunque el noble se haya comportando como una rata cobarde antes, las ratas arrinconadas son muy peligrosas. Más si están armadas con fierro bien forjado.

También sabe que el señor del castillo ha dejado de merecer una muerte digna con sus actos y que bien podrían asfixiarlo allí dentro. Ningún Señor permitiría que sus hombres dieran una muerte tan poco honrosa a otro noble honorable. Menos aún ordenado por un capitán plebeyo. Los nobles se cuidan mucho de mantener su estatus. Incluso dando ejemplo con los enemigos. Un noble siempre merece un respeto, ya se sabe.

Pero este noble se ha comportado como una sanguijuela indigna, por lo que el capitán no cree que su Señor se molestase si se saltase el tratamiento debido. Tal vez una amonestación simbólica en el salón delante de los cortesanos y otros mandos, para después recompensarlo con más hombres, mejores misiones o tal vez un pequeño ascenso por hacer el trabajo sucio. Así ha sido otras veces. Aunque en temas de nobleza, con los Señores no se sabe nunca.

De ser un hombre más joven y ardoros, ya habría resuelto el conflicto, posiblemente entrando a sangre y fuego. Pero el capitán es un hombre maduro, curtido y con esa sabiduría que solo da la guerra. Los capitanes de bajo linaje solo alcanzan esa edad siendo sagaces y precavidos con aquellos de más alta cuna.

También es un perro viejo de la vida. Sabe que un noble vale oro. Por muy indigno y cobarde que sea. Los nobles tienen lazos familiares: contactos que pueden pagar un rescate. Nadie tiene que saber que el tipo es una sabandija rastrera y despreciable que no merezca ni su peso en bosta de mula. Los capitanes plebeyos como él no prosperan si no saben aprovechar las oportunidades. Tal vez esta sea la suya. Solo tiene que saber resolverla.

Le queda la baza de los asesinos encomendados a su expedición. Los asesinos proceden de una remota aldea del sur donde rinden culto a la muerte reptante. Son gente taimada y reservada, dados a usar el subterfugio y los trucos sucios para vencer en combates traicioneros, nunca cara a cara donde tienen las de perder. Sus rostros son enjutos, aunque nunca los dejan ver, sus ropajes parecen aún más sucios que los de su tropa y si hubiese hablado alguna vez con alguno de ellos juraría que tienen pinta de oler mal. Además está su mirada, que dicen que de por sí sola envenena. Pero nadie se acerca nunca tanto a los asesinos como para comprobarlo, porque incluso a los más aguerridos de sus mercenarios les producen escalofríos. Las órdenes de los asesinos ya vienen dadas desde el propio Señor, por lo que hasta ahora no ha necesitado cruzar palabra alguna con su líder. Han bastado algunos gestos preestablecidos por el común lenguaje de batalla de la casa de su Señor. Ni siquiera sabe con exactitud cuantos son...

Recurrir a ellos para capturar al noble es poco o más bien nada honorable. Sin embargo esta solución “sucia” es la salida más “limpia” para sus problemas.

Así que después de mucho meditar y antes de que la situación se desmadre, planea que los asesinos se deslicen por el muro exterior mientras él negocia con el noble tras la puerta. Cuando los asesinos estén en sus puestos, romperá la negociación con malas palabras y sus hombres aporrearán la puerta para distraer a la presa, haciéndole creer que entrarán finalmente a por él. En ese momento uno de los asesinos arrancará el ventanuco con sus artimañas mientras otro neutraliza al señor con sus dardos emponzoñados.
Ahora solo le falta convencer al líder de los asesinos. Solo de pensarlo se le hiela la sangre y se le antoja si no debe meditarlo más para encontrar otra salida.

Mientras, en el exterior, los dos vigías de la entrada siguen ojo avizor. Uno de ellos gruñe al otro y señala con la punta de su lanza en dirección al sendero. El segundo frunce el ceño bajo el reborde del morrión, tratándo de entrever en la penumbra matinal del sotobosque y los retazos de neblina. Un pequeño poni sin jinete asoma por el recodo de la fronda. A esa distancia no se puede decir si sus resoplidos son de cansancio o si está asustado. La bestia se ha parado y ventea en dirección a la aldea, reticente.

Lo que sí han podido identificar a esa distancia es un pequeño arco compuesto alojado a la altura de la silla.

viernes, 23 de julio de 2010

EXEQUIAS POR EL REY ADWULF (ii)


MADERA CONTRA ACERO (i).-


Sean el oro y la plata los únicos metales que labren y fundan los siervos. Que no esgriman hierro o acero o aun bronce si este es afilado (Fuero de los siervos. Bosque de las estelas)


Una senda que atraviesa los bosques suele nacer a partir de rutas abiertas por grandes animales en su deambular, sin más razón que su instinto. Poco a poco se va a ensanchando hasta que alguien repara en ella y la transforma en camino, alineando hitos a su longitud y, tal vez, afirmando un poco el terreno, que no obstante sigue siendo el que jabalíes, corzos o enormes ciervos astados cruzaron en busca de manantiales, árboles frutales o piedras que rezuman sal. Es por ello que cuando la comitiva a caballo recorría a trote veloz la polvorienta vereda que atraviesa la espesura de Tanen no pudo prever los peligros que acechaban tras un recodo de su camino.



Los cinco jinetes que en su rápida marcha quebraban la melodía del bosque con el insistente tintineo de las recias lorigas apenas disimuladas bajo sus gruesas capas avanzaban devorando la distancia a paso voraz --¿quién necesita ser precavido cuando se lleva al costado un afilado acero? En un instante la montura del confiado y presuroso guerrero que encabezaba la marcha relinchó ahogando incluso el ruido del metal mientras caballo y jinete rodaban por el suelo. Los dos siguientes tuvieron el mismo destino, y apenas los dos últimos consiguieron saltar el inesperado obstáculo, una soga casi imperceptible que cortaba el camino. Rápidamente las manos esgrimieron las espadas y los gritos de los compañeros caídos al suelo fueron apenas rotos con el silbar de las saetas que de las cercanas copas comenzaron a llover. Uno de los jinetes se sobrepuso a la situación y clavando espuelas emprendió la marcha, mientras el otro de los que quedaban montados encaraba a las figuras que de la espesura surgían portando horcajos, bastones y mazas. Una sola palabra cruzó la mente del jinete, transformándose en un grito de advertencia tardío: ¡proscritos!


Empuñando la espada, domeñando a duras penas al caballo su bautismo de combate no estaba siendo como el joven Edward había imaginado. Apenas lograba eludir un bastonazo desviándolo con su acero, otros diez daban en su cuerpo, acorazado pero no invulnerable. Los relinchos de su montura y el rugir de decenas de gargantas adornaban la sinfonía de metal cortando madera y madera percutiendo acero. Apenas había reparado en los proyectiles que le habían golpeado si bien la abundante sangre que hacía resbaladizo el cuello del palafrén denotaba que éste no había tenido tanta suerte: hoy morirían ambos—pensó. No obstante, no serían los únicos ya que al menos tres rufianes habían sido mordidos por su acero. De repente sintió un golpe en la espalda, no fue doloroso si bien intuyó que estaba perdido cuando notó la torsión que le haría inexorablemente descabalgar y frente a la cual no tenía defensa alguna. En un ataque de rabia, con un fuerte tirón de bridas, logró zafarse de la presa merced a que la encabritada montura con sus últimas fuerzas hizo que los temerosos atacantes se retiraran unos centímetros, con la certeza de que el tiempo está de su lado. Sin embargo Edward era consciente que cada minuto que pudiera resistir era tiempo que le daba al ahora solitario correo para proseguir su camino hacia la guarnición del norte. Espoleado por ese pensamiento más aun que los costados de su ya moribundo caballo logró abatir a otros dos proscritos antes de tener que poner pie a tierra y apenas lograron que descabalgara los golpes se hicieron más certeros y potentes. Los bastones dejaron paso a las mazas y de repente probó el sabor de la sangre en su boca. El golpe que recibió en el yelmo fue tan brutal que sintió perder la consciencia al tiempo que resonaba el impacto en el caso rúnico que, con el eco de un tañer de campana, salió despedido de su dueño. Después, las tinieblas.