Babur derrotó a varios ejércitos hindúes, entre ellos uno de hasta doscientos mil hombres, aunque a mí personalmente estas cuentas me parecen un poco desproporcionadas. No pudo disfrutar mucho de sus victorias pues falleció al poco tras una vida de continuo guerrear. Su hijo, Humayun también se pasó la vida batallando, incluso una parte de ella exiliado en Persia porque le tocó lidiar con unos afganos bastante durillos de pelar. Sería finalmente su hijo Akbar quien consolidaría el poder mogol en el norte de la India, no sólo militarmente sino también política y administrativamente.

Yalaluddin Muhammad Akbar tenía trece años cuando falleció su padre, en 1556, y quedó bajo la regencia de un competente pero ambicioso regente. El joven Akbar aprovechó la estabilidad que le ofreció el regente y luego, antes de que aquél aspirara a más, lo mandó ejecutar. El espaldarazo a su nuevo gobierno lo dio una contundente victoria militar sobre tropas hindúes. A lo largo de los siguientes 40 años Akbar el Grande no dejó de expandir sus fronteras a costa de los principados hindúes limítrofes, anexionando grandes ciudades como Guyarat o Bengala. En estos años de lucha destaca su victoria en el asedio del fuerte Chittorgarh, al más puro estilo europeo, con uso baterías de artillería para abrir brechas y excavado de minas, donde fueron masacrados más de veinte mil civiles.
Este líder mogol destacó por su incansable capacidad de trabajo, se dice que dormía tres horas diarias, supervisaba personalmente todos los aspectos de su gobierno y supo alejarse de la meliflua influencia de nobles y cortesanos, incentivando la promoción personal basada en las habilidades propias y no en la casta social. Sus victorias militares fueron acompañadas de la implementación de un sistema administrativo que perduró en la zona hasta el siglo XVIII, en el cual las funciones tributarias quedaban claramente separadas de las políticas y militares, a la vez que los cargos eran remunerados con dinero, no en tierras hereditarias, con lo cual consiguió mantener un férreo control del poder al evitar la aparición de burócratas que acumularan excesiva influencia.

La capital del imperio se situó en Agra, tras un intento fallido de construir una nueva capital en Fatehpur Sikri, proyecto fracasado por falta de agua en la zona, pero que nos ha dejado una ciudad fantasma estupenda para la arqueología.

De forma paralela a la instauración del Imperio Mogol en el norte de la India, surge en Irán el Imperio Safávida, de manos de una dinastía de sahs chiitas que consiguieron resistir los ataques de sus vecinos sunnitas, uzbecos y otomanos. Entre estos líderes iraníes destacó Abás el Grande, quien accedió al trono en 1588 por el expeditivo procedimiento de encarcelar a su padre y cortar alguna que otra cabeza. El nuevo sha tenía bastante claro lo que quería y como conseguirlo, así que se puso a ello con paciencia y decisión: firmó la paz con los otomanos a cambio de amplias cesiones territoriales y dedicó varios años a formar un potente ejército permanente antes de lanzarse contra los uzbecos. Este ejército lo financió retomando el control de las provincias controladas antes por gobernadores que filtraban lo que llegaba al tesoro real, y el orden de batalla del mismo estaba compuesto por cuerpos de infantería formados por campesinos musulmanes y por escuadrones de caballería de cristianos provenientes del Cáucaso.

En 1597 se lanzó a la ofensiva y venció en diversos combates a los uzbecos, quienes tuvieron que replegarse más allá del río Amu Daria. De paso, Abás le dio un tijeretazo a territorio ruso y decidió trasladar la capital a Ispahán. El siguiente paso era meterle mano a los otomanos, pero para ello el líder iraní sabía que tenía que prepararse aún mejor, procediendo a una reforma aún más profunda de su ejército en el que introdujo de forma masiva arcabuces y cañones. En esta modernización militar participó como asesor Robert Shirley, un aventurero inglés, quien sirvió además de embajador del sha en Europa. Los hermanos Shirley, Robert, Anthony y Thomas, merecen una mención especial porque encarnan el estereotipo de sir inglés espabilado que saca tajada de las relaciones con Oriente, los tres se pasaron gran parte del siglo XVI mangoneando entre Persia e Inglaterra, a la cual le interesaba tener a gente así pinchando a los otomanos sin dar mucho la cara.
Con un potente y renovado ejército a su disposición y un sultán bastante inútil enfrente, las victorias persas se sucedieron y Abás el Grande se hizo con el control de amplios territorios otomanos, anexionando Georgia, Azerbaiyán, el Kurdistán y la práctica totalidad del actual Irak. La colaboración con los ingleses se concretó aún más al participar la Royal Navy en la conquista de la isla de Ormuz y la ciudad de Bandar Abbas, las cuales pertenecían a los portugueses y eran la llave del estratégico Estrecho de Ormuz, accediendo con total libertad a partir de entonces al Golfo Pérsico los mercantes de Su Majestad Británica y otras monarquías europeas.

En otro orden de cosas, Abás el Grande gobernó mejorando la gestión administrativa, aplicando cierta tolerancia religiosa y fomentando las artes. Para finalizar, cabe destacar que el sha mantuvo relaciones diplomáticas con la España de Felipe III, llegándose a organizar entre ambas potencias ataques combinados a territorio otomano.
1 comentario:
Solo por los topónimos ya merece leerse el artículo: derroche de exotismo que lo hacen a uno fantasear.
Y qué desconocida tenemos la historia de esa parte del mundo.
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