
A la pareja Luis XIII-Richelieu no les cuadró mucho este enjuague ya que el poder de los Habsburgo en Europa seguía siendo a su juicio excesivo, por lo que decidieron intervenir militarmente en el conflicto apoyando a holandeses y suecos, a quienes ya venían untando considerablemente, abriéndose así la última y definitiva fase de la Guerra de los Treinta Años en la cual, con el atrezzo de las guerras de religión, se estaba sustanciando la supremacía internacional en el continente.

En 1638 nace “el niño del milagro”, el ansiado heredero de Luis XIII, al cual ya se le estaba pasando el arroz pues tenía por entonces treinta y siete años, amén de una débil y enfermiza salud. El nacimiento del heredero vino acompañado de una contraofensiva francesa en todos los frentes, amenazando el norte de Italia, aislando Flandes, y avanzando hacia el sur con la toma de la fortaleza de Salses en el Rosellón. Se llega así a una situación de empate estratégico en la que se suceden frecuentes batallas, con alternancia de victorias y derrotas que no desbloquean el conflicto, hasta que los acontecimientos se precipitan con una grave crisis interna en España, en la cual estallan cuatro revueltas simultáneas. La ya de por sí desafortunada política exterior española se ve comprometida, de este modo, por la nefasta política interior de Felipe IV.
Las fricciones entre Cataluña y la Corona venían de lejos, ya que los principales órganos representativos de la oligarquía de la región, la Generalidad de Cataluña y el Consejo de Ciento de Barcelona, se oponían a aportar más tropas o dinero para la guerra.

La segunda revuelta que estalla en España en 1640 es la de Portugal, la cual tuvo mejor final que la catalana para los insurgentes. La situación en el país vecino también estaba muy deteriorada, con un descontento popular en aumento por la presión fiscal y el reclutamiento de tropas, recursos con los cuales se financiaban guerras que se consideraban ajenas a los intereses portugueses. A esto se sumaban los movimientos interesados de la nobleza portuguesa, la cual perdía títulos y rentas en beneficio de los castellanos, negándoseles además la participación en el lucrativo mercado americano. Una conspiración dirigida por influyentes nobles asalta el Palacio de Lisboa y captura a la virreina Margarita de Saboya, proclamando a renglón seguido rey de Portugal al duque de Braganza, con el nombre de Juan IV. La guerra duró 28 años, durante los cuales los portugueses pudieron frenar todos los intentos españoles de retomar el control del país por las armas, ya que sus mejores tropas se encontraban dispersas por Cataluña y el resto de Europa.
Las otras revueltas que se produjeron en España fueron las de Aragón y Andalucía. La primera de ellas, con unos antecedentes similares a los catalanes, pudo ser reprimida por la fuerza con rapidez, quedando el reinado del duque de Hijar en una efímera anécdota. Por su parte, ya en 1641, es el Duque de Medina Sidonia quien orquesta en Andalucía un alzamiento similar, en connivencia con su hermana Luisa María Francisca de Guzmán, por entonces esposa del flamante nuevo rey portugués. Sin embargo, la conspiración fue abortada a tiempo, pagando la factura con su vida el marqués de Ayamonte, y salvando los muebles el duque, al igual que había pasado en Aragón. Ya sabéis, si queréis romper España, haceros duques primero por si la cosa se tuerce.

Luis XIV, que sería conocido como Luis el Grande o de forma más común como El Rey Sol, fue coronado con tan sólo cinco años, el 14 de mayo de 1643, estando sometido a regencia de su madre hasta los 13 años, durante los cuales y alguno más actuó como primer ministro francés Mazarino.

Con el fin de aliviar la presión en otros frentes, el ejército de Flandes, al mando de su Capitán General Francisco de Melo, invadió el norte de Francia asediando la villa de Rocroi. El ejército francés, al mando de Luis II de Borbón-Condé, por entonces Duque de Enghien, se dirigió a su encuentro con idea de presentar batalla. La victoria de la caballería francesa, la rápida retirada de las tropas italianas y la falta de refuerzos dejaron aislados a los tercios españoles, que sufrieron su primera gran derrota en campo abierto, si bien Condé no las llevó todas consigo y tuvo que aceptar condiciones de rendición honrosas propias de fortaleza asediada, algo realmente inaudito, permitiendo a los dos últimos tercios salir del campo de batalla con las banderas desplegadas, en formación y conservando las armas. La victoria francesa no fue decisiva para la contienda, pero marcaba el inicio del fin de la supremacía militar española.

Mención especial merece el futuro Príncipe de Condé, que sería conocido como El Gran Condé. De familia de la alta nobleza, su madre fue madrina de Luis XIV y se desposó con una sobrina de Richelieu, si bien su privilegiada situación en la Corte le ganó demostrando su competencia como militar, equiparable con la de su coetáneo Turenne. Ambos generales tomaron parte activa en la Fronda, una sublevación interna de la alta nobleza francesa durante la minoría de edad del monarca, actuando de forma alternativa en cada bando, lo que produjo la contradicción de que la misma persona que lideró el ejército francés en Rocroi liderara tropas españolas en algunas de las principales batallas de la guerra que mantenían ambas naciones, como Valenciennes o las Dunas, para posteriormente volver a dirigir los ejércitos franceses durante la Guerra de Devolución, de la que hablaremos en el próximo artículo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario