
En 1688 la Revolución Gloriosa acababa en Inglaterra con el derrocamiento de Jacobo II y la entronización de Guillermo de Orange y su esposa María II de Inglaterra, hija de Jacobo. Coronado como Guillermo III, el holandés adhirió el país a la Liga de Ausburgo, pasando ésta a llamarse la Gran Alianza. Para desactivar este nuevo frente, Luis el Grande puso al derrocado Jacobo II al mando de un ejército francés que desembarcó en Irlanda en 1689, sin embargo, los jacobitas fueron vencidos por los guillermistas al mando de John Churchill, I duque de Marlborough. Jacobo II tuvo que olvidarse definitivamente de la corona inglesa, pero su identificación como líder católico frente a los protestantes ingleses hizo que tanto él como su hijo fueran aclamados como candidatos al trono escocés en las revueltas que sacudieron esa región durante el siglo XVIII y que tuvieron su punto y final en la Batalla de Culloden.
El conflicto también se extendió por los Países Bajos donde el poderío del ejército francés, capitaneado por el Duque del Luxemburgo, se impuso en repetidas ocasiones al ejército aliado, destacando su victoria en Fleurus en 1690.



Entre tanto, en Rusia fallecía Ivan V, quedando Pedro I como único zar a partir de 1696, lo que unido a la defección de la regente Sofía unos años antes, dejaba las manos libres por fin a este competente monarca hasta entonces eclipsado en la gestión de gobierno. Pedro soñaba con hacer de Rusia una potencia marítima y lo primero que hizo fue reestructurar el ejército al estilo europeo, con el fin de usarlo posteriormente para luchar por ganar salidas al mar tanto por el Báltico como por el Mar Negro, el primero controlado por Suecia y el segundo por el Imperio Otomano. A cambio de la cesión de Kiev, el zar prestaba su apoyo a los polacos para luchar contra tártaros y turcos, y lanzaba dos potentes campañas en dirección a Azov, la cual tomaba el mismo año. Se fundó Taganrog, la primera base naval rusa, desde donde se impulsó la construcción de una potente flota. Para hacer frente al poderío otomano, Pedro el Grande, que además de gran líder medía dos metros, dirigió la conocida como Gran Embajada que recorrió los principales países europeos, de la cual obtuvo importantes conocimientos y contactos, aunque el objetivo primario fracasó al no estar dispuestos ni franceses ni austríacos a apoyarlo contra los turcos, con quienes firmó la paz.
El zar ruso decidió entonces que su objetivo sería el Báltico, por lo que el conflicto con Suecia estaba servido. En 1699 se formaba una alianza entre Dinamarca, Polonia-Sajonia (ambos territorios compartían gobernante) y Rusia, para combatir a la Suecia de Carlos XII, un rey militar digno del legado de Gustavo II Adolfo, quien ya en 1700 demostró sus excelentes dotes militares. En el mismo año desembarcó en territorio danés obligando a este país a una rápida rendición e infligió a los rusos una contundente derrota.

Otro factor que de forma incidental intervino en el fracaso de la Gran Embajada fue la delicada salud de Carlos II y su falta de descendencia, pues esta circunstancia ponía en el tapete de la diplomacia europea la lucha por el control de la corona española y los múltiples territorios bajo su dominio, incluyendo los de ultramar. Las principales potencias comenzaron a postular a sus candidatos en base a reclamaciones sucesorias más o menos sólidas: el rey Luis XIV apostaba por Felipe, Duque de Anjou; el emperador Leopoldo I, postulaba a Carlos, Archiduque de Austria; mientras que el monarca Guillermo III defendía la candidatura de José Fernando, Príncipe de de Baviera. Las principales potencias europeas firmaron un Primer Tratado de Partición que cedía la corona al candidato bávaro, a cambio de repartir todas las posesiones españolas en Italia entre franceses y austríacos. La muerte de José Fernando llevó a la firma de un Segundo Tratado de Partición, mediante el cual se asignaba la corona al Archiduque Carlos a cambio de que todos los dominios españoles en Italia pasaran a control francés. En ultima instancia, esto no sirvió de mucho puesto que Carlos II rechazó los tratados ya que suponían la desmembración de una parte importantísima de los dominios españoles, por lo que optó por nombrar heredero a Felipe de Anjou, en el deseo de mantener la unidad de los territorios españoles bajo el paraguas ofrecido por el poderoso Luis XIV. Le guerra comenzó en 1701.
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