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sábado, 31 de julio de 2010

Bastión (y 5)

Confundida, aterrorizada y sin saber qué hacer. Si se aleja del tocón tal vez la descubran mientras huye al bosque. Si se queda allí tarde o temprano la encontrarán. Son demasiados y no sabe de dónde han salido. Ha estado oyendo horrorizada los sonidos de la desesperanza. Compungidos quejidos de mujer. Asustados lloros de niños silenciados por madres aún más atemorizadas. También palabras bruscas por voces broncas. No sabe realmente cuanto tiempo lleva allí, pero le ha resultado una eternidad insufrible escuchar a sus convecinos sometidos.

Para ella todo había comenzado aquella noche unas horas antes. Su amado estaba fuera, de patrulla para el Señor, como de costumbre. Casi siempre estaba sola, aunque no le molestaba. Se sentía querida y él hacía todo eso por ella. Él había renunciado a su gente en las llanuras solo por estar con ella. Eso es lo que él siempre le decía. Aunque ella sabía que era una verdad a medias. También le contaba que era descendiente de un linaje de príncipes de las estepas, un jinete bravo. Eso también era solo parcialmente cierto. Entonces le enseñaba su arco compuesto, joya de la artesanía, artilugio bélico sin parangón a este lado de las cumbres de la cadena del Ku’e que el reclamaba como legítima prueba de sus derechos de heredad. Eso era otra de sus entrañables bravatas –que en el fondo era lo que a ella tanto seducía del carácter de él.

Porque ella ya sabía que su principesco y embaucador amor era uno de los múltiples hijos de los múltiples hijos bastardos con los que el famoso conquistador estepario había diseminado la mitad de las tierras fronterizas. También sabía –tácitamente lo sabían ambos- que el dominio de los jinetes esteparios murió con su gran líder, el abuelo de su amado.

Sabía parte de todo eso –la caída del imperio de los salvajes era algo difundido por entre los habitantes de las montañas- porque se lo había revelado la anciana. La misma a quien fue a ver aquella noche. Antaño ella se refería a la anciana como el resto de aldeanos. De hecho, seguía haciéndolo así entre sus vecinos para no llamar la atención: la vieja del barranco, la bruja loca o la bruja come-niños.

Sin embargo todo cambió un día que recogía bayas cerca de la embocadura del citado barranco. Es un lugar donde la chiquillería no suele recolectar, por las obvias consideraciones que conlleva la fama de la mujer que habita cerca. Esto hace que no estén esquilmadas las zarzamoras ni los escaramujos. Tan solo compite con la población local de pitos reales y algún arrendajo goloso. El lugar, además, es de difícil acceso incluso para los estándares de la zona, lo que configura el paraje como notable entre los escaladores más temerarios. Esos mismos obstáculos de la orografía agreste del lugar fueron los que le jugaron una mala pasada a ella, el día en que se torció un tobillo tratando de salir con su cargamento de frutos. Para su ventura, la anciana deambulaba no lejos de allí. La socorrió, ayudándola a salir del aprieto. Después atendió la lesión con un emplasto de hierbas y musgo que alivió la hinchazón. Ella, sorprendida de la amabilidad de la anciana mujer, descubrió que las habladurías que se contaban en la aldea eran infundadas. Le agradeció los cuidados con su cargamento de bayas y a partir de ahí se acercaba furtivamente a visitarla de vez en cuando. Poco a poco fue conociéndola y descubrió que, si bien la anciana era harto peculiar en su modo de vida y de extravagantes costumbres, era de corazón afable. Ella, una campesina de las tierras bajas casada con un bárbaro extranjero, llegados como parte del contingente de colonos inmigrados a las montañas cuando el nuevo Señor retomó la explotación de la mina, no tenía muchas amistades entre las demás mujeres. La mayoría de sus maridos eran labriegos o jornaleros en la mina. La amistad con la anciana le brindó un asidero emocional en esta nueva tierra.

Así fue que intimó tanto con la anciana que después descubrió que esta poseía el don de adivinar los designios del destino en los posos del té, ese de hierbas amargas que preparaba. O mediante las estrellas, a las que canturreaba medio desnudas sus flácidas carnes en las noches de luna nueva.

Así fue que descubrió todas las medias verdades sobre su amado y así fue que aquella precisa noche había acudido a la anciana una vez más, para averiguar a qué se debía su indisposición de los últimos días. Sus sospechas se confirmaron. Estaba encinta del linaje del conquistador. Tenía una gran noticia que dar a su amado.

Todo su gozo se truncó al acercarse al poblado y solo el capricho de la fortuna quiso que no hubiese llegado ya al poblado cuando aquellos despiadados saqueadores empezaron a corretear por entre las chozas. Ya habían saciado su sed de sangre con los soldados de la fortaleza y ahora querían saciar otras pulsiones. Presenció como los aldeanos varones eran sacados de sus hogares, amenazados, aporreados con las astas de las lanzas y pateados. Si alguno no se hubiese humillado habría sufrido la misma suerte que sus protectores del castillo. Apenas pudo ver esa parte acuclillada tras un tocón de la linde tras el que se agazapó al oír los primeros gritos. Después lanzó temerosas miradas, enturbiadas por lágrimas. Vió a figuras sombrías por el poblado, entre las casuchas. Deambulando, rebuscando como fieras. El tiempo discurriendo lento cual tormento por traición.

No, no puede dejarse arrastrar por el pánico que la zarandea en temblores traicioneros. Busca algo firme en su interior y se agarra a una idea, aquello que su príncipe estepario habría hecho, lo que le diría en ese momento: acechar como el zorro de las praderas, aguardando cauto y receloso. Sin más, sin pensar en otra cosa. Solo atenta a esperar y vigilar. Como un cazador de ratopines. Una idea en la mente para tenerla despejada de todo sentimiento de pavor. Con todo, se sujeta la mano trémula para recuperar cierta calma.

Es entonces, gracias a que está plenamente consciente del entorno, que oye algo. O más bien deja de oir. El ruido de los mercenarios ha cesado. No se fía. Se le acelera el pulso aún más si cabe y le cuesta concentrarse, los latidos martilleando sus oídos. Trata de escuchar un poco más. Se asoma tímida y lanza una mirada. ¡Es cierto! Sus ojos ya no están tan nublados por el llanto así que puede confiar en ellos más que en sus oídos palpitantes. Simplemente no están allí.

El corazón le da un vuelco. Las piernas le echan a correr solas. Hacia el bosque, hacia lo oculto. Corre sin mirar atrás. Sin querer saber lo que sucede a sus espaldas. Escapando de la incertidumbre de la presa, del horror del testigo que se adivina próxima víctima. Huyendo de la torturante espera. Libre. Libre del miedo que la atenazaba, entregándose a un desesperado acto instintivo por sobrevivir. Adentrándose en el bosque.

Las ramas bajas de los árboles le arañan cara y brazos. Los arbustos atraviesan la falda con espinas lacerantes que desgarran la tela y pican sus piernas. Se destroza los pies con raíces y piedras sueltas. Pero por nada deja de correr, nada la detiene. Casi se siente impulsada por una fuerza de la naturaleza. Como si el propio corazón del bosque la guiase en un trance de castigo físico y liberación espiritual. Algo que palpita en su interior y es llamado por algún lugar de entre la vegetación, la tierra húmeda y el olor a musgo y hojas muertas. Hacia la profundidad oscura y verde, dejándose llevar. Arrastrada por un llamado atávico de la montaña sin saber a donde va. Sin querer saber. Entregada.

Cae extenuada tras su alocada carrera. La cabeza le da vueltas y está mareada, desorientada. No comprende qué le ha sucedido. Conforme se apacigua el latir de su corazón, desaparecen los fogonazos en sus ojos y puede enfocar la vista. Rayos de sol la bañan gentilmente, escurridos por la cobertura de hojas. El cielo está parcialmente cubierto por ramas que se inclinan desde el borde. Es un claro en lo más perdido del bosque. Recóndito y secreto. Algo seco y menudo cae en su regazo y se incorpora. Entonces empieza a reconocer. Un grupo de piedras. El gran alerce presidiendo con sus agujas encrespadas. El coro de arces, susurrando una melodía apacible con las hojas, sus semillas planeando desprendidas con la brisa en giros jugetones.

Es su claro. El sitio donde él la trajo aquella vez, a las pocas semanas de llegar. Cuando ella dudaba de su elección al acudir al reclutamiento de colonos del Señor. Él había descubierto el sitio al extraviarse en una de sus primeras patrullas, cuando aún no conocía la zona que luego pasó a controlar como si fuera su amada estepa. Allí él la sosegó, apaciguó su inquietud y la convenció de que juntos podrían superar cualquier dificultad. Ya que él la amaba y era de la estirpe del más grande conquistador. Ella también lo amaba y por eso se dejó convencer pronto. Después celebraron su mutua acuerdo con un mutuo y delicioso revolcón. Aquel paraje la reconfortaba en su interior y la hacía sentirse segura desde entonces saber que estaba allí, en algún recóndito lugar del bosque.

Regresaron de aquel día maravilloso, ella en la grupa del poni, o takhi como él lo definía a veces. Aunque de nombre lo llamase “Nuru” y nunca entendiese aquella multiplicidad de apelativos. Como no terminó nunca de entender el apego y familiaridad de su príncipe para con el peludo animal.

Toda esa nostalgia se agolpa en su pecho, acumulada con el miedo pasado, la pena por la aldea, la excitación frenética de la carrera y se desborda en un llanto amargo, desgarrada con tanta emoción se hunde sobre sí misma, acongojada. ¡Su príncipe! ¿¡Dónde está su príncipe ahora!?

Y es entonces que siente una presencia a su lado, treinta y pico arrobas peludas que con un áspero lenguetazo borran sus lágrimas de un sopetón. Una testuz enorme con ojillos negros almendrados que se ha acercado con tanto respeto a su dolor que ni ha oído sus cascos. Se incorpora hacia él.

-¡Nuru! ¿Dónde está el amo? Dime Nuru, ¿dónde está?

El animal, se revuelve, se sacude y sus crines hirsutas se balancean, como rehusando la pregunta, en realidad incómodo ante la ansiedad de la mujer.

-Nuru, llévame hasta él ¡Oh, Nuru! Tráemelo, Nuru bonito, devuélveme a mi príncipe, Nuru... - suplica ella irrumpiendo en nuevos sollozos y derrumbándose de nuevo. Es entonces que la bestia cabecea suavemente contra ella, interrumpe su llanto y la empuja para que se incorpore, a lo que ella reacciona con lentitud.

-No Nuru, no, … - gimotea la mujer- no puede ser, no puedo seguir sin él. Sola no puedo...

El animal frota su cabeza contra el vientre de ella en ese momento. El mismo que alberga al hijo de su amado príncipe. El de sangre de conquistador, aquel que nunca se arredró ante la adversidad. Su recuerdo vivificado, personificado en una promesa de vida y esperanza.

Es entonces que ella se vuelve a levantar, se abraza al animal y retoma el aliento para exhalar un largo suspiro de comprensión y aceptación. Conectada con la realidad que le transmite la tierra a sus pies, el aire en sus pulmones, la vegetación que la rodea, y la sangre caliente del animal sintiente que abraza. En definitiva, la vida.

Tiene que seguir adelante para poder contarle a su hijo -pues varón dijo la anciana que será- que es descendiente del linaje del conquistador, príncipe de las estepas. Para demostrarselo contará con su heredad: un poni de pura raza, testarudo y fiel, y un arco compuesto de factura sofisticada y precisión inigualable.

Se sacude las ropas de hojarasca y tierra para emprender el viaje hacia una nueva vida, con el poni andando a su lado.

--- FIN ---

jueves, 29 de julio de 2010

Bastión de la montaña (4)

De un último golpe seco consigue finalmente soltar el yelmo que sujetaba el baúl mientras él se arrastraba bajo el imponente peso muerto.

Momentos antes, mientras esa chusma montañesa aporreaba su puerta, él ha tenido tiempo suficiente para preparar su huída. Ha atrancado la puerta, ha apilado algunos muebles y encima ha puesto el colchón de plumas junto a sus lujosas y tupidas pieles. Dos redomas de valioso aceite de lámpara perfumado, importado desde las costas de poniente, completan el cóctel. Ha asegurado el ventanuco taponándolo con su escabel preferido encajado en el hueco para que no puedan abrirse las contraventanas. Como colofón, su fiel, corpulento y mudo sirviente de cámara yace acuchillado por la espalda. Con esto ha dispuesto todo lo necesario para las maniobras de distracción y de ocultación de su vía de fuga para no dejar rastro. Todo ello sin dejar de intercambiar airadas palabras e insultos a gritos a través de la gruesa puerta con el intruso que parece llevar la voz cantante. Cuanto más hablaba este, mejor se pertrechaba. Se ha cambiado de ropas y se ha puesto su traje de caza más cómodo, un justillo tachonado liviano, sus mejores botas para campear y se ha ceñido un largo chuchillo de monte. Lástima que su espada no fuese a pasar por las estrecheces que le esperan. También ha cogido un manto de pieles, el cual ha enrollado con uno de sus cinturones – las noches ya pueden ser cruelmente frías en esta época- y lo ha arrojado por el hueco en el suelo que hay bajo el baúl inclinado. Por último, aunque más importante, ha repartido en pequeñas bolsas su magnífico tesoro: multitud de gemas arrancadas de las tripas de la mina que se abre abajo. Apenas cargará con el peso de tintineantes monedas, solo lo justo para valerse los primeros días y sin que le estorben en la azarosa escapada del bastión que le espera.

Y justo a tiempo, cuando todo estaba ya dispuesto, pareció que el vocero de los mezquinos asaltantes se ha cansado de importunar. Entonces prendió fuego al jergón y se deslizó bajo el cofre. Por un momento se produjo un instante de pánico al engancharse sus ropas, mal ajustadas por la premura al equiparse, en la angostura bajo el cofre. Irónicamente parece que el tiempo pasado al mando del castillo se ha cobrado un precio. Las comodidades de la vida señorial, los banquetes y bacanales, la buena vida sedentaria, le han hecho coger algunos quilos de sobra. Un sudor pegajoso le cubre como un repentino sudario conforme le llegan los vapores acres de las pieles quemadas y el humo empieza a acumularse, arañando su garganta. Reprimiendo un acceso de tos – demasiado humillante morir como un topo ahumado, se dijo así mismo- recuperó los nervios, tensó la musculatura de su antaño poderoso torso y consiguió pasar la tripa por el agujero sujetando el peso sobre la espalda, para después volver a descansarlo sobre el maltratado casco que lo soportaba.

El descenso no es nada fácil. El pasadizo secreto carece de mantenimiento alguno. Mugre centenaria lo poblaba, con un olor mohoso que anuncia el grado de humedad. En más de una ocasión los peldaños tallados resbalosos le juegan una mala pasada, cubiertos de una fina película de condensación. De tan estrecho en algunas partes apenas puede pasar, rozándose con las paredes por toda superficie sensible de su cuerpo. El cuero tachonado no parece ahora tan buena idea, enganchándose sus tachuelas en cualquier reborde. Repugnantes criaturas pueblan el lugar, notando a veces como sus dedos han de aplastarlas para conseguir un asidero mínimamente firme. Mención aparte los grititos histéricos de las ratas. No quiere imaginar qué podría suceder si en esa posición tan incómoda, con las manos ocupadas en mantenerse precariamente apartado de la precipitación, algunas de las residentes habituales del túnel decidiera abalanzarse sobre su cara.

Si alguna vez ponía las manos en el cantero -aquel que le aseguró que acondicionaría el túnel descubierto casualmente al reformar la estancia tras su toma de posesión del bastión- le iba a enseñar el significado de la palabra transitable. Con un palmo de acero transitando a lo largo de su garganta. Aunque bien pensado, no iba a ser posible. Recordó que el desgraciado constructor acabó sepultado para guardar el secreto del pasadizo.

Alcanza el final de la obra subrepticia que discurre por entre el paramento del torreón. Acaba en una grieta natural de la montaña, similar a la que dio lugar a la mina que motivaba la presencia del castillo, aunque carente de la veta que alberga las valiosas piedras preciosas de aquella. El alivio de poner los pies en tierra y dar un respiro a sus sobrecargados brazos es pasajero, porque la gruta natural le reserva otras sorpresas. Algunas partes están derruidas y tiene que rebasarlas a rastras por sobre los escombros. El resto no le permite más que ir en cuclillas, a oscuras, tanteando la pared pétrea con los dedos desnudos, tropezando y trastabillando cada vez que se golpea las rodillas con algún cascote de roca afilada. El aire está viciado como si llevase encerrado aquí un millar de años, respirado por bichos inmundos una y otra vez. Maldito cantero. Malditos asaltantes.


Finalmente empieza a palpar una consistencia distinta en las paredes, terrosa y más blanda. Su sentido de la orientación está completamente confundido, aunque el difunto cantero le llevó al terminar la obra secreta a conocer la salida exterior. Está a penas unos escasos ochenta pasos de las puertas del castillo, pasado el recodo del camino que da al bosque, hacia las montañas. Está cegada un talud de tierra suelta sobre el que han crecido las malas hierbas. Lo suficiente firme para no ceder con las lluvias y lo bastante floja para poder salir a través escarbando un poco. Como un miserable topo. Lo importante es que está resguardada de la vista desde el bastión y desde el poblado. Si su plan ha surtido efecto –y acostumbran a hacerlo, de lo contrario no habría llegado a convertirse en noble- los condenados invasores estarán demasiado ocupados sofocando el incendio, si acaso este no colapsa el interior del torreón. Los suelos y vigas de madera tal vez no aguanten las llamas. Si algunas de las vigas se calcinase lo suficiente para ceder con el peso de los que intentan combatir el fuego, su huída quedará encubierta. Si no es así, en el desastre de cenizas de su alcoba tardarán en saber que no es el cadáver gordo y seboso que ha dejado atrás. O en descubrir su ruta de escape. En definitiva, tiempo suficiente para perderse por las montañas que tan bien conoce de sus frecuentes cacerías. En un par de días podría alcanzar una de las aldeas grijianas o los campamentos de leñadores, conseguir aunque sea un jamelgo de labor al precio que sea y con él alcanzar las seguras tierras meridionales.

Con todo esto en la mente ha estado cavando ansioso con las manos y la ayuda de su machete, cuando de repente la resistencia del talud cede de improviso y rueda por la breve pendiente repleta de zarzas. Su aparición de entre la nada ha sorprendido a dos soldados de espaldas que están ocupados en algún quehacer. Se giran y él trata de sacar algo de sus ropas susurrando unas palabras, interruptas por una lanzada que le ha arrojado el más cercano de los mercenarios. En su curso la punta atraviesa limpiamente la bolsa que ha sacado y sostenido ante ellos, de la que escapa una lluvia de rubíes destellantes que se confunde con el borbotón sanguíneo que brota de su cuello y abortando su tentativa de soborno. Se desploma, entre espinas, con una última emoción amarga, mezcla de frustración y extrañeza por la inoportuna e inexplicable presencia de los soldados en aquel sitio. Más hombres armados surgen tras los dos primeros y los más espabilados se abalanzan sobre el botín a empujones, dejando la tarea que traían entre manos de capturar a un simple animal asustado.

El poni relincha y aprovecha para escabullirse de los hombres que empezaban a rodearlo, merced al desconcierto que sacude el cerco humano que ahora vocifera y pelea entre sí. Emprende el trote por entre la maleza y se aleja del lugar ante la mirada atónita y distante de los vigías de la puerta. Uno de ellos hace el amago de alancearlo cuando huye, pero el otro, tal vez más veterano o tal vez condescendiente -que no compasivo-, le dice que no con el característico gesto de su gente, adelantando la mandíbula. La distancia es excesiva, ya tienen más carne de la que pueden cargar y el intento no vale la posibilidad de una buena lanza rota.

El animal, exultante por haberse librado de los aviesos hombres, trota encaminándose hacia el otro único lugar que le es familiar y querido en la zona.

martes, 27 de julio de 2010

Bastión de la montaña (3)


Los vigías sobre la muralla observan al animal. Los soldados desperdigados del poblado también se han percatado de su presencia ante los gestos de los oteadores. Se acercan al camino con pasos cautos, suaves, para no alarmarlo. Resulta casi cómico ver a los imponentes guerreros acercarse con sumo cuidado a la montura tratando de asir las riendas. Nada como la promesa de no tener que cargar con el botín por las montañas para convertir a un despiadado mercenario en amable amiguito de los animales.

El animal desconfía y se aparta de ellos, como renegando de la casta humana que representan. O como si tuviese conocimiento de los actos que acaban de cometer. Un instinto atávico de protección.


Mientras, en la fortaleza, el capitán se dirige con determinación hacia la torre que ha ocupado la troupe de asesinos. Es la misma en la que uno de los suyos fue herido y se han instalado allí. Desde luego es la más inaccesible de todas las dependencias exteriores, al extremo de la muralla y suspendida sobre el abismo en que se precipita el acantilado de la vertiente montañosa. Como el posadero de un ave de rapiña. En contraposición, enfrente está el torreón de donde él ha salido: firmemente anclado en el promontorio rocoso, su basamento es la misma montaña con la que se funde y enraíza. El acceso al torreón aislado es un almenado estrecho y con vistas a una caída de más de 200 codos. Conforme avanza, sus pasos firmes y decididos van acortándose, debilitándose. Las órdenes enérgicas que pretendía dar al jefe de asesinos se empiezan a desmoronar en su mente conforme recorre la pasarela, igual que los grandes fragmentos de firme roca se han ido desprendiendo de la pared de piedra y ahora yacen en el fondo del valle. Al fin y al cabo se dispone a dar una orden al líder de esos abyectos asesinos.

Del otro lado del pasaje amurallado puede ver la poterna del torreón entreabierta, dejando vislumbrar la oscuridad del interior. Como una cueva de alimañas. La distancia de ese lienzo de muralla no le había parecido tan larga y sus zancadas han perdido vigor como si no quisiese llegar. Algo muy dentro de él, que ha luchado por su vida en innumerables ocasiones, le pide que no siga, que se de media vuelta. Casi como deseando que suceda algo que le disuada de llegar. Cuando de repente, se oyen voces exaltadas:

- ¡Mi capitán, mi capitán! – Sobresaltado por la coincidencia se gira y responde con un exabrupto hacia uno de sus subordinados que corre tras él.
- ¡¿Qué sucede?!
- El noble, mi capitán, ¡el noble se ha vuelto loco, loco del todo!
- ¿Qué? – piensa por un momento que quizás se haya rendido, algo inaudito para su ralea.
- Se ha vuelto tarumba.
- ¡Pero aclara, soldado! ¿Qué ha hecho?

El soldado se gira y apunta a las contraventanas aseguradas desde dentro de los aposentos del señor del bastión. Hilillos de humo denso y gris borbotean por sus bordes.

Ha prendido fuego.


Todo esto pasa desapercibido a los vigías, que están pendientes de la fascinante escena de doma frustrada. Sus compañeros de armas tratan de rodear al animal y cada vez se congregan más en dirección al camino del bosque, como atraídos por el canto de una sirena equina.

Como bestia tozuda se resiste a aceptarlos. Piafa, resopla y retrocede. Renuente.

domingo, 25 de julio de 2010

Bastión (2)

Asoma un sol otoñal, tímido, como si temiese alumbrar lo que no debe ser visto. La aldea está sobremanera tranquila. Ni siquiera las aves de corral alborotan con su ajetreo matutino. Una calma desolada que se extiende como un manto empapado en la sangre de los caídos. El combate por el bastión terminó.

Un par de horas antes la locura y el estruendo de la lucha se apoderaron del lugar. Los asaltantes pasaron de largo por entre las cabañas y casuchas en el asalto inicial, directos a su objetivo primario. Este los esperaba con el portón principal abierto, los guardianes del turno de noche eliminados de forma artera y la plaza fuerte entregada. Uno de los asesinos – nunca se sabe cuántos forman el grupo de estos- debió ser sorprendido en medio de su tarea y sonó un grito de alarma. Pero ya era tarde. El grueso de la tropa invasora había tomado ya las almenas de las murallas exteriores y la resistencia estaba condenada. Conforme salían al patio los defensores eran ensartados por las lanzas arrojadas desde las altas murallas. Tampoco sirvió de nada que se intentasen replegar en el torreón, dando por perdido el resto. El portón había quedado abierto en el intento de salida y solo fue cuestión de tiempo y sangre derrotarlos arrinconados, estancia por estancia, peleando por cada palmo de escalera y cada losa de suelo. Quienes quedaron en los barracones exteriores fueron asfixiados dentro con humo o aseteados al tratar de salir. El silencio se apoderó del castillo después, cuando tocó el turno a arrasar la aldea que se desparrama ante sus muros.

No hay jadeos de moribundo. Ya han sido despachados todos ellos. Junto con los heridos de la guardia. Y el resto de la guarnición. En la aldea cualquier varón en edad de empuñar un arma ha sido aherrojado.

Afinando mucho el oído sí que se pueden discernir algunos sonidos apagados fuera: sollozos entrecortados en algunas cabañas, algún lamento temeroso y algún que otro gemido. Unas pocas figuras pertrechadas para la guerra andan entre las chozas. Por su paso no se puede saber si solo patrullan o si siguen a la busca de algún botín, sea objeto, animal o persona.

El resto está dentro, en el saqueo del fortín. En la parte superior al matacán hay encaramados dos tipos corpulentos vigilando. Cubiertos aún de costras de sangre propia y enemiga. Es el mejor punto para controlar a la vez la aldea, el camino y la plaza de armas. Sin embargo, es extraño que se hayan apostado sobre la construcción y no dentro. Parece como si sus primitivas costumbres los impulsaran a rehusar estar bajo techo. O tal vez sea que simplemente tienen mejor ángulo de visión desde incómodo techado.
Comparten rasgos duros y corpulencia. Tal vez incluso sean parientes, en las aldeas de montañeses norteños ya se sabe. Hablan poco entre ellos, como es la costumbre de su pueblo. Parecen demasiado ocupados escrutando los alrededores. La aparente calma después de la lucha no parece haberlos dejado satisfechos. En la montaña de donde proceden nunca se está en completa calma, incluso tras la victoria. Más aún cuando ambos conocen la situación que se cuece en el interior.

Aún no han sacado al señor del fuerte de sus aposentos donde se ha parapetado. Y sigue aún vivo solo porque su vida puede valer oro. Mientras el capitán trata de discernir si esto es así o no, aún no ha decidido qué hacer. Lo normal habría sido que hubiese salido a morir con sus hombres, con lo que no se habría planteado la oportunidad de capturarlo vivo. Luchar con arrojo y entregar la vida muy cara. Es lo que se espera de todo un Señor. Por algo es Señor. Sin embargo esta rata indigna se ha refugiado en su alcoba. Brindándoles nuevas oportunidades con ello, pero también un quebradero de cabeza.
El capitán es un viejo lobo de batalla. Conoce su oficio y sabe que el tipejo debería estar muerto. Que su propio Señor no le culpará si entran en la estancia y acaban con ese cobarde como es debido. Pero eso costaría pérdidas innecesarias entre sus hombres. No le pagan por sus muertos, al menos no en esta misión. Aunque el noble se haya comportando como una rata cobarde antes, las ratas arrinconadas son muy peligrosas. Más si están armadas con fierro bien forjado.

También sabe que el señor del castillo ha dejado de merecer una muerte digna con sus actos y que bien podrían asfixiarlo allí dentro. Ningún Señor permitiría que sus hombres dieran una muerte tan poco honrosa a otro noble honorable. Menos aún ordenado por un capitán plebeyo. Los nobles se cuidan mucho de mantener su estatus. Incluso dando ejemplo con los enemigos. Un noble siempre merece un respeto, ya se sabe.

Pero este noble se ha comportado como una sanguijuela indigna, por lo que el capitán no cree que su Señor se molestase si se saltase el tratamiento debido. Tal vez una amonestación simbólica en el salón delante de los cortesanos y otros mandos, para después recompensarlo con más hombres, mejores misiones o tal vez un pequeño ascenso por hacer el trabajo sucio. Así ha sido otras veces. Aunque en temas de nobleza, con los Señores no se sabe nunca.

De ser un hombre más joven y ardoros, ya habría resuelto el conflicto, posiblemente entrando a sangre y fuego. Pero el capitán es un hombre maduro, curtido y con esa sabiduría que solo da la guerra. Los capitanes de bajo linaje solo alcanzan esa edad siendo sagaces y precavidos con aquellos de más alta cuna.

También es un perro viejo de la vida. Sabe que un noble vale oro. Por muy indigno y cobarde que sea. Los nobles tienen lazos familiares: contactos que pueden pagar un rescate. Nadie tiene que saber que el tipo es una sabandija rastrera y despreciable que no merezca ni su peso en bosta de mula. Los capitanes plebeyos como él no prosperan si no saben aprovechar las oportunidades. Tal vez esta sea la suya. Solo tiene que saber resolverla.

Le queda la baza de los asesinos encomendados a su expedición. Los asesinos proceden de una remota aldea del sur donde rinden culto a la muerte reptante. Son gente taimada y reservada, dados a usar el subterfugio y los trucos sucios para vencer en combates traicioneros, nunca cara a cara donde tienen las de perder. Sus rostros son enjutos, aunque nunca los dejan ver, sus ropajes parecen aún más sucios que los de su tropa y si hubiese hablado alguna vez con alguno de ellos juraría que tienen pinta de oler mal. Además está su mirada, que dicen que de por sí sola envenena. Pero nadie se acerca nunca tanto a los asesinos como para comprobarlo, porque incluso a los más aguerridos de sus mercenarios les producen escalofríos. Las órdenes de los asesinos ya vienen dadas desde el propio Señor, por lo que hasta ahora no ha necesitado cruzar palabra alguna con su líder. Han bastado algunos gestos preestablecidos por el común lenguaje de batalla de la casa de su Señor. Ni siquiera sabe con exactitud cuantos son...

Recurrir a ellos para capturar al noble es poco o más bien nada honorable. Sin embargo esta solución “sucia” es la salida más “limpia” para sus problemas.

Así que después de mucho meditar y antes de que la situación se desmadre, planea que los asesinos se deslicen por el muro exterior mientras él negocia con el noble tras la puerta. Cuando los asesinos estén en sus puestos, romperá la negociación con malas palabras y sus hombres aporrearán la puerta para distraer a la presa, haciéndole creer que entrarán finalmente a por él. En ese momento uno de los asesinos arrancará el ventanuco con sus artimañas mientras otro neutraliza al señor con sus dardos emponzoñados.
Ahora solo le falta convencer al líder de los asesinos. Solo de pensarlo se le hiela la sangre y se le antoja si no debe meditarlo más para encontrar otra salida.

Mientras, en el exterior, los dos vigías de la entrada siguen ojo avizor. Uno de ellos gruñe al otro y señala con la punta de su lanza en dirección al sendero. El segundo frunce el ceño bajo el reborde del morrión, tratándo de entrever en la penumbra matinal del sotobosque y los retazos de neblina. Un pequeño poni sin jinete asoma por el recodo de la fronda. A esa distancia no se puede decir si sus resoplidos son de cansancio o si está asustado. La bestia se ha parado y ventea en dirección a la aldea, reticente.

Lo que sí han podido identificar a esa distancia es un pequeño arco compuesto alojado a la altura de la silla.

martes, 20 de julio de 2010

Bastión


El otoño se avecina. Es el final para la temporada de las largas marchas por crestas arboladas. Sólo los más osados intentan la maniobra en esta época tardía. Tipos rudos, recios y parcos en palabras. Contingentes modestos para tomar al asalto y por efecto de la sorpresa fortines en lo alto de cerros. Filas de yelmos cónicos y lanzas despuntan por entre la silueta del follaje. Alguien cabalga en un poni duro y testarudo, un explorador que vigila desde lejos, inclinado sobre el cuello de su montura para no ser visto, su silueta distorsionada con un manto rasgado y de colores imprecisos. Un corto arco compuesto asoma pegado a la silla, un arma que claramente no pertenece a este lugar. Hace un par de días que vigila el avance, hasta que se han acercado al cruce de Tres Piedras, en el puerto del mismo nombre.

Si el grupo se desvía hacia el NO los dejará marchar. Si el grupo, sin embargo, toma el camino del SO, el jinete cabalgará como alma que lleven los demonios del bosque en dirección al bastión de Uerk Ba-a por senderos de montaña solo conocidos por las alimañas, acortando por atajos que le permitirán llegar un día antes que los invasores a la fortaleza.

La fortaleza siempre está en estado de pre-alerta. Con solo avisar unas horas antes la guarnición se pondrá en pie de guerra, se cerrará impenetrable como la virtud de las vestales y nada ni nadie conseguirán traspasar sus defensas. Pero para los aldeanos es distinto. Ellos necesitan más tiempo para poder refugiarse en el castillo, trasladar sus escasas pertenencias y víveres e instalarse en las estrechas galerías de la mina insalubre que abre sus fauces en el patio del fortín. No los dejarán entrar si no llevan su propio sustento para resistir el eventual asedio y necesitan tiempo para avituallarse. El jinete lo sabe y esto será lo que le impulsará a atravesar la enmarañada floresta a toda velocidad, despreciando el riesgo de partir una pata de su bestia, ser derribado por una rama o despeñarse por una ladera empinada. El corazón se le acelera ante esa expectativa, sabiendo que pondrá su vida en peligro, que será azotado por el ramaje y que tal vez reviente a su bruto compañero equino. Bien merece la pena.

La mina es la razón de ser del bastión y la única justificación para que una construcción así se agarre al peñasco en el que se emplaza. Con un precipicio cortado a pico mirando a poniente y un camino estrecho que bordea la roca hasta el poblado que se disemina al pie del promontorio como único acceso. Todo para proteger el valioso recurso que la mina guarda en sus pétreas tripas.

Con todo no es lo que importa al jinete. Para él todas las riquezas subterráneas del señor del castillo no valen ni un resoplido de su montura. Para él todo lo que importa está en una cabaña, donde ella estará ahora tal vez amasando pan, limpiando el hogar o remendando mantas para el invierno que se acercará tras el corto otoño de estos lares.

Pero sus órdenes son bien claras, alertar solo cuando un invasor rebase el cruce de las Tres Piedras y no dejar el puesto. Desde Tres Piedras al castillo se tarda día y medio por el camino de las Cornejas. Cualquiera sabe que intentar atajar atravesando por las montañas es un suicidio.

Así que espera que los soldados se desvíen hacia el NO, hacia las tierras inhóspitas de Tumberia y de ahí tal vez atacar las aldeas de salvajes para capturar esclavos o desviarse al E tras sobrepasar el paso y acceder al Valle de Grijia donde las segundas cosechas estarán recién recogidas.

Un siseo y un picotazo en el cuello. El corcel relincha inquieto mientras el jinete cae desplomado. Se siente mareado y todo está emborronado. Se ha distraído. No lo ha visto venir, tampoco lo ha escuchado. Ni siquiera lo ha olido. Todos esos reproches se ahogan en su mente cuando lo inunda una angustia mayor. Nadie avisará a tiempo a la aldea al pie del castillo. Los aldeanos no tendrán oportunidad alguna. Ella no podrá salvarse. Esto le provoca una desesperación que hace brotar una lágrima cuando impedido en el suelo algo entra en su borroso campo de visión. Una bota. Su silencioso adversario se ha acercado mientras él no puede mover ni un músculo, ni siquiera para volver la mirada y verle el rostro. Piensa que va a morir sin poder mirar cara a cara a su asesino. Su espíritu será esclavo de un desconocido en el más allá.

A penas oye el retumbar en el suelo de como el poni se ha alejado, pobre bruto, asustado. La impotencia de no poder ni gritar le desgarra el alma. La bota sigue ahí, plantada. Una sombra emborronada se inclina sobre él y siente frío y fuego en la garganta cuando se la rebana.