miércoles, 19 de octubre de 2011
martes, 18 de octubre de 2011
Grandes en guerra (y VI).
Una nueva coalición, la Segunda Alianza, formada por Inglaterra, las Provincias Unidas, el Sacro Imperio Romano Germánico y la mayoría de los estados alemanes se enfrentó a la coalición formada por Francia, España, Portugal, Saboya y Baviera. A su vez, dentro de España se sustanciaba una verdadera guerra civil entre partidarios borbónicos y austriacistas. Luis XIV tenía por entonces 63 años, sus arcas estaban bastantes resentidas después de tantos años de guerra continua y sus ejércitos estaban más desgastados y dirigidos por mariscales menos brillantes que Conté o Luxemburgo. La guerra fue larga y en ella el ejército francés sufrió graves derrotas en todos los frentes, muchas de ellas a manos de John Churchill, primer duque de Marlborough: la Batalla de Höchstädt, en 1704, supuso el cambio de Baviera al bando contrario; la Batalla de Ramillies, en 1706, supuso la pérdida de las principales ciudades flamencas bajo control francés; mientras que la Batalla de Oudenarde, en 1708, supuso la evacuación total francesa de Flandes. Viendo como estaba el percal, Portugal y Saboya cambiaron de chaqueta. Sin embargo, los reveses franceses en Europa fueron acompañados de varias victorias de Felipe V dentro de la misma España, por lo que el conflicto, lejos de solucionarse, se alargó. Aunque los miembros de la Segunda Alianza vencían y desgastaban a Francia en todos los frentes, no eran capaces de doblegarla, a la vez que la misma España quedaba fuera de su control. En el escenario del norte, entre tanto, tras haber vapuleado a los rusos en Narva, Carlos XII lanzó su ejército contra Polonia-Sajonia, a quienes infringió sucesivas derrotas, haciéndose con el control del territorio y lanzando una ofensiva contra Ucrania. Pedro I ordenó la retirada del ejército ruso hacia el sur, siguiendo una estrategia de tierra quemada, desgastando al ejército sueco y alargando sus líneas de comunicación a la espera de un momento propicio para combatir.
En 1709, en la Batalla de Poltava, los rusos obtenían ante los suecos una victoria decisiva, poniendo fin a la invasión sueca y forzando a Carlos XII a exiliarse en territorio otomano. Otros efectos fueron la restauración del monarca polaco-sajón, aliado de Rusia, y la vuelta de Dinamarca al conflicto. En 1711 Pedro el Grande se ve obligado a desplazar a parte de su ejército al sur, ante la ofensiva del Imperio Otomano, pero la campaña es un desastre y el zar se ve forzado a devolver los puertos capturados en el Mar Negro en 1696, siendo a cambio expulsado de su territorio, por el sultán, Carlos XII de Suecia. Mejor le fueron las cosas a los rusos en el norte, conquistando Livonia a los suecos y ocupando la mayor parte de Finlandia, amenazando ya la supremacía naval sueca.
Entre tanto, la muerte vino a echarle una mano al viejo Luis el Grande, llevándose con ella al hermano del Archiduque Carlos, por entonces el emperador José I. La posibilidad de que la Corona de España recayera también sobre el nuevo emperador hizo a Inglaterra dar un paso atrás y aceptar la paz que venían pidiendo desde hace tiempo los franceses. En 1714 se firmaba el Tratado de Utrecht, mediante el cual Felipe V quedaba reconocido como rey de España, si bien a costa de que sus posesiones en Paises Bajos e Italia se dividieran entre Austria y Saboya, mientras que Gibraltar y Menorca pasaban a control inglés. Nuevamente la mayor parte de la factura iba a cargo de España. Luis XIV tuvo que reconocer a Guillermo III como rey inglés legítimo, renunciando apoyar en lo sucesivo a los jacobitas, y ceder alguna colonia ultramarina a Inglaterra, sin embargo pudo recuperar el control de la mayor parte de sus dominios en Europa, los cuales le habían sido arrebatados por las armas. A todo esto, la hambruna se extendía por una Francia desangrada como una plaga sin control. Los excesos bélicos y la alta política, como siempre, tan beneficiosos para el pueblo llano.
El 1 de septiembre de 1715 fallecía de gangrena Luis XIV de Francia, llamado el Grande, el Rey Sol, a los 77 años de edad y tras 72 de reinado. Había visto morir a todos sus hijos y nietos legítimos, por lo que fue sucedido en el trono por un bisnieto. Acababa el reinado de uno de los monarcas más brillantes de todos cuanto ocuparon el trono francés. Por su parte, los suecos estaban extenuados y se veían superados en todos los frentes, acudiendo otras naciones a sacar tajada de su debilidad. Ingleses y holandeses, finalizada la Guerra de Sucesión, meten baza para finiquitar el dominio marítimo sueco sobre el Báltico, a la vez que una emergente Prusia veía la oportunidad de ampliar sus territorios a costa de la debilitada Suecia. En 1716 Suecia perdía sus últimas posesiones en Finlandia y Alemania, intentando los suecos finalizar el conflicto por la vía diplomática. Ansiosos por conseguir mayores ganancias territoriales daneses y rusos, continuaron la guerra, que los suecos llevaron a Noruega con la finalidad de compensar por allí los territorios que estaban perdiendo. La campaña en Noruega fue un desastre que le costó la vida al mismísimo Carlos XII, abriéndose el escenario final de la guerra. Inglaterra firmó una alianza con Suecia que garantizaba su supervivencia pese a las graves pérdidas territoriales que sufrió por los tratados de paz que pusieron fin a la Gran Guerra del Norte. Por su parte, Pedro el Grande fue el gran beneficiado del conflicto, quedando Rusia como la gran potencia marítima del norte y ganando un gran peso en el plano político internacional.

Tras firmar la paz con Suecia, Pedro I, entronizado ya como emperador ruso, pudo dedicarse a consolidar importantes reformas internas que había iniciado ya de forma paralela durante tantos años de lucha, no sólo internacional, sino interna, pues fueron frecuentes los alzamientos locales ante la política policial y absolutista que el zar impuso en su país. Fruto del interés de Pedro el Grande por el Báltico, la capital rusa fue trasladada a San Petesburgo, de nueva fundación; instauró el calendario juliano, que perduraría en Rusia hasta 1917; fomentó la educación y dio mayor libertad a las mujeres, permitiéndoles cierta vida social, al estilo europeo; reformó la Iglesia Ortodoxa Rusa; limitó el poder de los boyardos y suprimió la Duma, con el fin de afianzar su poder interno; reformó el sistema fiscal para mejorar la recaudación e impulsó la industria y el comercio; imponiendo la reestructuración no sólo administrativa sino social del país.

En 1725 falleció Pedro el Grande, sin descendencia masculina, abriéndose un largo periodo de inestabilidad política, sucediéndose en el trono zarinas y zares de breve reinado hasta la llegada, ya en 1762, del primer personaje femenino de estos artículos: Catalina la Grande.
lunes, 17 de octubre de 2011
Grandes en guerra (V).
A finales del siglo XVII, el poderío de Francia era tan insultante que provocó la unión de las principales naciones europeas contra ella, aunque entre ellas mismas llevaran décadas sacándose los ojos. En 1686 se formaba la Liga de Ausburgo a instancias del emperador Leopoldo I, llegando a formar parte de la misma en distintos momentos: el Sacro Imperio Romano Germánico, España, Inglaterra, Portugal, Suecia, Provincias Unidas, Austria, Baviera, Brandeburgo, Países Bajos, Palatinado, Sajonia y Saboya. Esta alianza nació para la guerra contra Francia, la cual estalló en 1688 cuando Luis XIV ordenó la invasión del Palatinado. La Guerra de los Nueve Años enfrentó a los ejércitos alemanes contra los franceses en las inmediaciones de la frontera natural del Rin durante años, asestándose ambos bandos golpes alternativamente. Sin embargo, el conflicto se extendió a otros escenarios pues el resto de naciones quisieron aprovechar la supuesta debilidad francesa.

En 1688 la Revolución Gloriosa acababa en Inglaterra con el derrocamiento de Jacobo II y la entronización de Guillermo de Orange y su esposa María II de Inglaterra, hija de Jacobo. Coronado como Guillermo III, el holandés adhirió el país a la Liga de Ausburgo, pasando ésta a llamarse la Gran Alianza. Para desactivar este nuevo frente, Luis el Grande puso al derrocado Jacobo II al mando de un ejército francés que desembarcó en Irlanda en 1689, sin embargo, los jacobitas fueron vencidos por los guillermistas al mando de John Churchill, I duque de Marlborough. Jacobo II tuvo que olvidarse definitivamente de la corona inglesa, pero su identificación como líder católico frente a los protestantes ingleses hizo que tanto él como su hijo fueran aclamados como candidatos al trono escocés en las revueltas que sacudieron esa región durante el siglo XVIII y que tuvieron su punto y final en la Batalla de Culloden.
El conflicto también se extendió por los Países Bajos donde el poderío del ejército francés, capitaneado por el Duque del Luxemburgo, se impuso en repetidas ocasiones al ejército aliado, destacando su victoria en Fleurus en 1690.
Francia mantuvo activo hasta seis ejércitos a la vez en los distintos frentes, movilizando hasta casi cuatrocientos mil hombres, sin que su capacidad militar se resintiera e incluso llevando la iniciativa la mayor parte de las veces. La tropa era profesional y usaba equipo estandarizado, incluyendo las nuevas bayonetas que comenzaban a dejar obsoleto el uso de picas. Fue en el apartado naval donde los franceses pasaron más apuros, aunque su flota comenzó la contienda con todo su potencial y alguna victoria puntual, la superioridad numérica del combinado anglo-holandés y la derrota en La Hogue, en 1692, dejaron los navíos franceses anclados a puerto el resto del conflicto y sin capacidad de recuperación, destinándose los recursos franceses al ejército de tierra de forma prioritaria.
En 1693 el ejército francés consigue una victoria decisiva en la Batalla de Marsaglia, rompiendo el frente piamontés y amenazando toda Saboya. El conflicto se resolvió en 1696 con la defección del duque de Saboya del bando aliado, el cual mediante el Tratado de Turín se pasaba al bando francés con el fin de salvar los muebles. Con este acuerdo, Luis XIV desactivaba uno de los frentes y podía fortalecer los otros, avanzando simultáneamente sobre Barcelona y Milán, a la vez que se reforzaba el frente del norte. Tras nueve años de guerra las potencias beligerantes firmaron la paz mediante el Tratado de Rijswijk en 1697, el cual consistió en un complejo intercambio de cromos internacional que dejaba las cosas más o menos como antes del conflicto. Para variar, España no salió muy perjudicada ya que se le restituyó Cataluña, ocupada por el ejército borbónico, en lo que se supone un primer movimiento de Luis el Grande hacia el nuevo conflicto que se avecinaba: la Guerra de Sucesión Española.

Entre tanto, en Rusia fallecía Ivan V, quedando Pedro I como único zar a partir de 1696, lo que unido a la defección de la regente Sofía unos años antes, dejaba las manos libres por fin a este competente monarca hasta entonces eclipsado en la gestión de gobierno. Pedro soñaba con hacer de Rusia una potencia marítima y lo primero que hizo fue reestructurar el ejército al estilo europeo, con el fin de usarlo posteriormente para luchar por ganar salidas al mar tanto por el Báltico como por el Mar Negro, el primero controlado por Suecia y el segundo por el Imperio Otomano. A cambio de la cesión de Kiev, el zar prestaba su apoyo a los polacos para luchar contra tártaros y turcos, y lanzaba dos potentes campañas en dirección a Azov, la cual tomaba el mismo año. Se fundó Taganrog, la primera base naval rusa, desde donde se impulsó la construcción de una potente flota. Para hacer frente al poderío otomano, Pedro el Grande, que además de gran líder medía dos metros, dirigió la conocida como Gran Embajada que recorrió los principales países europeos, de la cual obtuvo importantes conocimientos y contactos, aunque el objetivo primario fracasó al no estar dispuestos ni franceses ni austríacos a apoyarlo contra los turcos, con quienes firmó la paz.
El zar ruso decidió entonces que su objetivo sería el Báltico, por lo que el conflicto con Suecia estaba servido. En 1699 se formaba una alianza entre Dinamarca, Polonia-Sajonia (ambos territorios compartían gobernante) y Rusia, para combatir a la Suecia de Carlos XII, un rey militar digno del legado de Gustavo II Adolfo, quien ya en 1700 demostró sus excelentes dotes militares. En el mismo año desembarcó en territorio danés obligando a este país a una rápida rendición e infligió a los rusos una contundente derrota.
En la Batalla de Narva, con una inferioridad de uno a diez, los suecos perdieron a menos de setecientos hombres mientras que las bajas rusas ascendieron a más de veinte mil muertos, demostrando lo que un ejército profesional bien organizado podía hacer contra una turba de campesinos mal dirigidos. Pedro el Grande aprendió que aún le quedaba mucho camino por recorrer en la reforma de su ejército, aplicándose con éxito a ello.
Otro factor que de forma incidental intervino en el fracaso de la Gran Embajada fue la delicada salud de Carlos II y su falta de descendencia, pues esta circunstancia ponía en el tapete de la diplomacia europea la lucha por el control de la corona española y los múltiples territorios bajo su dominio, incluyendo los de ultramar. Las principales potencias comenzaron a postular a sus candidatos en base a reclamaciones sucesorias más o menos sólidas: el rey Luis XIV apostaba por Felipe, Duque de Anjou; el emperador Leopoldo I, postulaba a Carlos, Archiduque de Austria; mientras que el monarca Guillermo III defendía la candidatura de José Fernando, Príncipe de de Baviera. Las principales potencias europeas firmaron un Primer Tratado de Partición que cedía la corona al candidato bávaro, a cambio de repartir todas las posesiones españolas en Italia entre franceses y austríacos. La muerte de José Fernando llevó a la firma de un Segundo Tratado de Partición, mediante el cual se asignaba la corona al Archiduque Carlos a cambio de que todos los dominios españoles en Italia pasaran a control francés. En ultima instancia, esto no sirvió de mucho puesto que Carlos II rechazó los tratados ya que suponían la desmembración de una parte importantísima de los dominios españoles, por lo que optó por nombrar heredero a Felipe de Anjou, en el deseo de mantener la unidad de los territorios españoles bajo el paraguas ofrecido por el poderoso Luis XIV. Le guerra comenzó en 1701.

En 1688 la Revolución Gloriosa acababa en Inglaterra con el derrocamiento de Jacobo II y la entronización de Guillermo de Orange y su esposa María II de Inglaterra, hija de Jacobo. Coronado como Guillermo III, el holandés adhirió el país a la Liga de Ausburgo, pasando ésta a llamarse la Gran Alianza. Para desactivar este nuevo frente, Luis el Grande puso al derrocado Jacobo II al mando de un ejército francés que desembarcó en Irlanda en 1689, sin embargo, los jacobitas fueron vencidos por los guillermistas al mando de John Churchill, I duque de Marlborough. Jacobo II tuvo que olvidarse definitivamente de la corona inglesa, pero su identificación como líder católico frente a los protestantes ingleses hizo que tanto él como su hijo fueran aclamados como candidatos al trono escocés en las revueltas que sacudieron esa región durante el siglo XVIII y que tuvieron su punto y final en la Batalla de Culloden.
El conflicto también se extendió por los Países Bajos donde el poderío del ejército francés, capitaneado por el Duque del Luxemburgo, se impuso en repetidas ocasiones al ejército aliado, destacando su victoria en Fleurus en 1690.
Francia mantuvo activo hasta seis ejércitos a la vez en los distintos frentes, movilizando hasta casi cuatrocientos mil hombres, sin que su capacidad militar se resintiera e incluso llevando la iniciativa la mayor parte de las veces. La tropa era profesional y usaba equipo estandarizado, incluyendo las nuevas bayonetas que comenzaban a dejar obsoleto el uso de picas. Fue en el apartado naval donde los franceses pasaron más apuros, aunque su flota comenzó la contienda con todo su potencial y alguna victoria puntual, la superioridad numérica del combinado anglo-holandés y la derrota en La Hogue, en 1692, dejaron los navíos franceses anclados a puerto el resto del conflicto y sin capacidad de recuperación, destinándose los recursos franceses al ejército de tierra de forma prioritaria.
En 1693 el ejército francés consigue una victoria decisiva en la Batalla de Marsaglia, rompiendo el frente piamontés y amenazando toda Saboya. El conflicto se resolvió en 1696 con la defección del duque de Saboya del bando aliado, el cual mediante el Tratado de Turín se pasaba al bando francés con el fin de salvar los muebles. Con este acuerdo, Luis XIV desactivaba uno de los frentes y podía fortalecer los otros, avanzando simultáneamente sobre Barcelona y Milán, a la vez que se reforzaba el frente del norte. Tras nueve años de guerra las potencias beligerantes firmaron la paz mediante el Tratado de Rijswijk en 1697, el cual consistió en un complejo intercambio de cromos internacional que dejaba las cosas más o menos como antes del conflicto. Para variar, España no salió muy perjudicada ya que se le restituyó Cataluña, ocupada por el ejército borbónico, en lo que se supone un primer movimiento de Luis el Grande hacia el nuevo conflicto que se avecinaba: la Guerra de Sucesión Española.
Entre tanto, en Rusia fallecía Ivan V, quedando Pedro I como único zar a partir de 1696, lo que unido a la defección de la regente Sofía unos años antes, dejaba las manos libres por fin a este competente monarca hasta entonces eclipsado en la gestión de gobierno. Pedro soñaba con hacer de Rusia una potencia marítima y lo primero que hizo fue reestructurar el ejército al estilo europeo, con el fin de usarlo posteriormente para luchar por ganar salidas al mar tanto por el Báltico como por el Mar Negro, el primero controlado por Suecia y el segundo por el Imperio Otomano. A cambio de la cesión de Kiev, el zar prestaba su apoyo a los polacos para luchar contra tártaros y turcos, y lanzaba dos potentes campañas en dirección a Azov, la cual tomaba el mismo año. Se fundó Taganrog, la primera base naval rusa, desde donde se impulsó la construcción de una potente flota. Para hacer frente al poderío otomano, Pedro el Grande, que además de gran líder medía dos metros, dirigió la conocida como Gran Embajada que recorrió los principales países europeos, de la cual obtuvo importantes conocimientos y contactos, aunque el objetivo primario fracasó al no estar dispuestos ni franceses ni austríacos a apoyarlo contra los turcos, con quienes firmó la paz.
El zar ruso decidió entonces que su objetivo sería el Báltico, por lo que el conflicto con Suecia estaba servido. En 1699 se formaba una alianza entre Dinamarca, Polonia-Sajonia (ambos territorios compartían gobernante) y Rusia, para combatir a la Suecia de Carlos XII, un rey militar digno del legado de Gustavo II Adolfo, quien ya en 1700 demostró sus excelentes dotes militares. En el mismo año desembarcó en territorio danés obligando a este país a una rápida rendición e infligió a los rusos una contundente derrota.
En la Batalla de Narva, con una inferioridad de uno a diez, los suecos perdieron a menos de setecientos hombres mientras que las bajas rusas ascendieron a más de veinte mil muertos, demostrando lo que un ejército profesional bien organizado podía hacer contra una turba de campesinos mal dirigidos. Pedro el Grande aprendió que aún le quedaba mucho camino por recorrer en la reforma de su ejército, aplicándose con éxito a ello.Otro factor que de forma incidental intervino en el fracaso de la Gran Embajada fue la delicada salud de Carlos II y su falta de descendencia, pues esta circunstancia ponía en el tapete de la diplomacia europea la lucha por el control de la corona española y los múltiples territorios bajo su dominio, incluyendo los de ultramar. Las principales potencias comenzaron a postular a sus candidatos en base a reclamaciones sucesorias más o menos sólidas: el rey Luis XIV apostaba por Felipe, Duque de Anjou; el emperador Leopoldo I, postulaba a Carlos, Archiduque de Austria; mientras que el monarca Guillermo III defendía la candidatura de José Fernando, Príncipe de de Baviera. Las principales potencias europeas firmaron un Primer Tratado de Partición que cedía la corona al candidato bávaro, a cambio de repartir todas las posesiones españolas en Italia entre franceses y austríacos. La muerte de José Fernando llevó a la firma de un Segundo Tratado de Partición, mediante el cual se asignaba la corona al Archiduque Carlos a cambio de que todos los dominios españoles en Italia pasaran a control francés. En ultima instancia, esto no sirvió de mucho puesto que Carlos II rechazó los tratados ya que suponían la desmembración de una parte importantísima de los dominios españoles, por lo que optó por nombrar heredero a Felipe de Anjou, en el deseo de mantener la unidad de los territorios españoles bajo el paraguas ofrecido por el poderoso Luis XIV. Le guerra comenzó en 1701.
viernes, 14 de octubre de 2011
The thing [2011]
Ya llevamos muchos años viendo como parece que los guionistas se quedan sin ideas y las grandes productoras apuestan por actualizar títulos que fueron un éxito en el pasado para tratar de sacar dinero con una inversión menor. En este caso traemos el remake para este año de 'La cosa' de la que ya hablamos hace tiempo en el blog.
Por ahora lo único que he visto es este trailer que os traigo, pero os aseguro que aunque echo de menos algo más de originalidad acabaré viéndola.
Por ahora lo único que he visto es este trailer que os traigo, pero os aseguro que aunque echo de menos algo más de originalidad acabaré viéndola.
jueves, 13 de octubre de 2011
Grandes en guerra (IV).
Desde el primer momento Luis XIV tuvo que lidiar con importantes asuntos, el primero de ellos finiquitar la guerra que mantenía con los Habsburgo a nivel europeo. Dos años después de Rocroi, en 1645, el ejército francés conseguía sendas victorias, en Jankau y Nördlingen, dejando a Baviera fuera de la guerra. El avance francés hacia territorio imperial continúo y en 1648 prácticamente sólo Austria quedaba bajo control del emperador, por lo que el nuevo emperador, Fernando III, se vio obligado a aceptar los términos de la Paz de Westfalia, por la cual el Sacro Imperio Romano Germánico no sólo cedía importantes regiones a Francia, sino que aceptaba una mayor autonomía de los principados alemanes, lo cual debilitó profundamente el poder imperial. Los suecos por su parte, conseguían grandes cesiones territoriales en el norte de Alemania y con ello el ansiado dominio del Báltico. Vencidos los imperiales, Luis XIV pretendió el aislamiento internacional de España, la cual sin embargo aprovechó la misma conferencia de paz para finiquitar su largo conflicto con las Provincias Unidas, a las cuales les fue reconocida la independencia, aunque la guerra con los españoles siguió activa con el apoyo de la Inglaterra de Oliver Cromwell.

En la Batalla de las Dunas, en 1658, se iba a tomar por culo definitivamente la supremacía militar que los tercios habían dado a España durante más de un siglo. La consecuencia política directa fue la firma del Tratado de los Pirineos, del cual obtuvo Francia importantes cesiones territoriales, como el Rosellón o el condado de Artois, además de la boda de Luis con la infanta española María Teresa de Austria, incluyendo una suculenta dote de medio millón de escudos de oro. Al menos, los franceses dejaron con el culo al aire a los catalanes, que al perder el apoyo Borbón se fueron viniendo abajo hasta que la revuelta independentista fue totalmente sofocada. Distinto final tuvo la revuelta en Portugal, en 1665, infligían al ejército español una contundente derrota en Villaviciosa, que llevaría a la firma del Tratado de Lisboa en el cual se reconocía la independencia del país de la Corona española.
Pero esto ya no llegaría a verlo Felipe IV, quien fallecía en septiembre de 1665, dejando el país en manos del único varón legítimo que le había sobrevivido, nada menos que Carlos II el Hechizado, quien por entonces tenía cuatro años, para regocijo de los enemigos de España. Luis XIV, por su parte, veía una nueva oportunidad para dar otro gran bocado a territorio español. En 1667 el ejército francés, al mando del brillante Príncipe de Condé, invadió el Franco Condado con la excusa del impago de la dote de boda entre el monarca francés y la infanta española.
Era la puntilla para una España exhausta que no pudo hacer frente a la acometida francesa, la cual sólo se vio frenada por la intervención internacional. Inglaterra, Suecia y las Provincias Unidas, hasta hace pocos años aliadas de Francia, formaron la Triple Alianza para venir a decirle a Luis XIV que ya estaba bien de expandirse tanto que, al fin y al cabo, no dejaba de ser un monarca católico con demasiado poder. Por el Tratado de Aquisgrán se ponía fin a este conflicto, llamado Guerra de Devolución, por el cual Francia obtenía nuevos territorios, llevando a efecto la política ya iniciada por Richelieu de alejar las fronteras lo más posible de París a costa de los españoles.
La valía de Luis XIV se demostró también en el juego diplomático, obteniendo en 1670 una alianza con Inglaterra que rompía la Triple Alianza protestante que tan poco le había agradado al monarca francés.
Desde 1660 Inglaterra estaba gobernada por otro Carlos II (ojalá hubieran tenido los ingleses muchos monarcas como ese) quien se pasó casi todo su reinado a dos velas, malvendiendo territorios y firmando acuerdos como el Tratado de Dover, en 1670, por el cual a cambio de una fuerte compensación económica, se comprometía a apoyar a Francia en la invasión de las Provincias Unidas y, lo que es más sorprendente, a convertirse al catolicismo y también a su país.
Con esta alianza en el bolsillo, Luis XIV envió un potente ejército de noventa mil hombres a las Provincias Unidas con el que pronto ocupó la mayor parte del país, sin embargo, seguro de su victoria, el avance francés fue lento y demasiado confiado, dando tiempo a los holandeses a organizar su defensa llevando a cado medidas tan drásticas como inundar sus campos y asesinar en linchamiento público al estatúder pro-francés que los gobernaba. Este asesinato quizás fue promovido por el sucesor en el puesto, Guillermo de Orange, personaje de larga trayectoria política que acabaría haciéndose también con las coronas inglesa, irlandesa y escocesa. Entre tanto, en 1672, en la lejana Rusia nacía Pedro, de la dinastía Romanov, hijo del zar Alexis I, en un enrarecido ambiente palaciego que avecinaba conflictos.
En Holanda la resistencia militar en tierra se recrudeció, pese a la victoria de Turenne en la batalla de Turckheim, en 1675, la cual serviría de inspiración a Napoleón para Austerlizt. Por otro lado, nada menos que cuatro victorias consecutivas de la flota holandesa contra la escuadra inglesa provocaron que Inglaterra abandonara la contienda.
Guillermo de Orange resultó un hábil diplomático que cerró una rápida alianza con el emperador alemán y el monarca español, lo cual extendió el conflicto y lo empantanó. En 1678 Luis XIV conseguía la paz en los Tratados de Nimega, donde la mayor parte de la factura la pagó la debilitada España mediante la cesión del Franco Condado. El Sacro Imperio Romano Germánico empezaba un lento declive agudizado por el expansionismo de los otomanos, quienes llegaron a asediar Viena en 1683.
Entre tanto, en Rusia falleció el zar, siendo sucedido por su hijo Teodoro III, hermanastro del infante Pedro, de breve reinado pues falleció a los seis años de ceñir la corona, en 1682, sin descendencia.
Se abrió entonces una sangrienta lucha interna por el control del país, llegándose a una solución de compromiso con el nombramiento de dos zares hermanastros, Pedro I e Iván V, bajo regencia de Sofía Romanov, hermana de este último.
La década de 1680 vio elevada a Francia a potencia dominante del continente, Luis el Grande se había convertido en el principal árbitro de la política europea, tenía tan sólo cuarenta años, gozaba de buena salud y poseía una ambición sin límites. El acierto del monarca francés en política exterior no sólo se demostró en el ámbito bélico, sino también en el diplomático y comercial, fomentando las relaciones con territorios tan alejados como Siam y Persia, e impulsando exploraciones y conquistas por todo el globo terráqueo, destacando entre estas las realizadas por René Robert Cavelier de La Salle, quien llamó la Luisiana a los territorios adquiridos en la cuenca del Missisipi en su nombre.
A nivel interno, el Rey Sol supo rodearse de hábiles ministros como Jean-Baptiste Colbert, quien triplicó los ingresos de la Corona durante su brillante gestión, o el marqués de Vaubán, eminente ingeniero militar que mejoró las defensas y fortificaciones de más de trescientas localidades. Con el fin de afianzar su poder, el monarca maniató tanto al clero como a la nobleza, a la cual arrastró a vivir en el nuevo Palacio de Versalles bajo su atenta vigilancia, a la vez que promocionaba a plebeyos fieles y competentes a puestos ministeriales. Alejados de sus feudos y de los cargos públicos más importantes, los miembros de la alta nobleza quedaban relegados a la condición de cortesanos.
En materia eclesiástica, Luis XIV reunió a los principales eclesiásticos gabachos y les vino a decir: aquí mando yo, luego dios y luego el papa, cosa que a ellos les pareció muy razonable. El papa protestó algo, pero el caso es que ni sus legados entraban en Francia, ni sus normas eclesiásticas se aplicaban, si el monarca absolutista no daba el visto bueno antes. Sin embargo, Luis XIV se valió del Catolicismo para consolidar la unión nacional. De este modo, promulgó en 1685 el Edicto de Fointaneblau, el cual derogaba el Edicto de Nantes y declaraba que sólo el Catolicismo era la religión legal en Francia, proscribiendo otros cultos como el Protestantismo. La medida fue complementada con la realización de dragonadas, es decir, soltarle la correa a unidades de dragones para que saquearan a su antojo poblaciones francesas donde anidaba el protestantismo.
La reina falleció en 1683, y como Luis estaba ya devuelta de todo, en lugar de buscarse una nueva esposa del mismo rango, se casó con quien le dio la gana. La agraciada fue una de sus múltiples amantes, a quienes tenía a sopa y mantel en la corte haciéndoles bastardos. Una docena tuvo, además de seis hijos legítimos. El matrimonio, eso sí, fue secreto o todo lo secreto que podía serlo en una corte con miles de ojos y oídos, ya que la esposa, madame de Maintenon, tenían un curriculum para sacarle los colores a cualquier aristócrata que se preciara: nació en la cárcel donde estaba encerrado su padre por falsificador, fue criada por una tía hugonota en la fe protestante, se casó con un poeta paralítico de quien enviudó al poco, y consiguió el puesto de institutriz de unos bastardos reales demostrando ser mejor amante que la amante del rey, a quien fue enamorando hasta que la hizo marquesa y se casó con ella.

En la Batalla de las Dunas, en 1658, se iba a tomar por culo definitivamente la supremacía militar que los tercios habían dado a España durante más de un siglo. La consecuencia política directa fue la firma del Tratado de los Pirineos, del cual obtuvo Francia importantes cesiones territoriales, como el Rosellón o el condado de Artois, además de la boda de Luis con la infanta española María Teresa de Austria, incluyendo una suculenta dote de medio millón de escudos de oro. Al menos, los franceses dejaron con el culo al aire a los catalanes, que al perder el apoyo Borbón se fueron viniendo abajo hasta que la revuelta independentista fue totalmente sofocada. Distinto final tuvo la revuelta en Portugal, en 1665, infligían al ejército español una contundente derrota en Villaviciosa, que llevaría a la firma del Tratado de Lisboa en el cual se reconocía la independencia del país de la Corona española.
Pero esto ya no llegaría a verlo Felipe IV, quien fallecía en septiembre de 1665, dejando el país en manos del único varón legítimo que le había sobrevivido, nada menos que Carlos II el Hechizado, quien por entonces tenía cuatro años, para regocijo de los enemigos de España. Luis XIV, por su parte, veía una nueva oportunidad para dar otro gran bocado a territorio español. En 1667 el ejército francés, al mando del brillante Príncipe de Condé, invadió el Franco Condado con la excusa del impago de la dote de boda entre el monarca francés y la infanta española.

Era la puntilla para una España exhausta que no pudo hacer frente a la acometida francesa, la cual sólo se vio frenada por la intervención internacional. Inglaterra, Suecia y las Provincias Unidas, hasta hace pocos años aliadas de Francia, formaron la Triple Alianza para venir a decirle a Luis XIV que ya estaba bien de expandirse tanto que, al fin y al cabo, no dejaba de ser un monarca católico con demasiado poder. Por el Tratado de Aquisgrán se ponía fin a este conflicto, llamado Guerra de Devolución, por el cual Francia obtenía nuevos territorios, llevando a efecto la política ya iniciada por Richelieu de alejar las fronteras lo más posible de París a costa de los españoles.
La valía de Luis XIV se demostró también en el juego diplomático, obteniendo en 1670 una alianza con Inglaterra que rompía la Triple Alianza protestante que tan poco le había agradado al monarca francés.
Desde 1660 Inglaterra estaba gobernada por otro Carlos II (ojalá hubieran tenido los ingleses muchos monarcas como ese) quien se pasó casi todo su reinado a dos velas, malvendiendo territorios y firmando acuerdos como el Tratado de Dover, en 1670, por el cual a cambio de una fuerte compensación económica, se comprometía a apoyar a Francia en la invasión de las Provincias Unidas y, lo que es más sorprendente, a convertirse al catolicismo y también a su país. Con esta alianza en el bolsillo, Luis XIV envió un potente ejército de noventa mil hombres a las Provincias Unidas con el que pronto ocupó la mayor parte del país, sin embargo, seguro de su victoria, el avance francés fue lento y demasiado confiado, dando tiempo a los holandeses a organizar su defensa llevando a cado medidas tan drásticas como inundar sus campos y asesinar en linchamiento público al estatúder pro-francés que los gobernaba. Este asesinato quizás fue promovido por el sucesor en el puesto, Guillermo de Orange, personaje de larga trayectoria política que acabaría haciéndose también con las coronas inglesa, irlandesa y escocesa. Entre tanto, en 1672, en la lejana Rusia nacía Pedro, de la dinastía Romanov, hijo del zar Alexis I, en un enrarecido ambiente palaciego que avecinaba conflictos.
En Holanda la resistencia militar en tierra se recrudeció, pese a la victoria de Turenne en la batalla de Turckheim, en 1675, la cual serviría de inspiración a Napoleón para Austerlizt. Por otro lado, nada menos que cuatro victorias consecutivas de la flota holandesa contra la escuadra inglesa provocaron que Inglaterra abandonara la contienda.

Guillermo de Orange resultó un hábil diplomático que cerró una rápida alianza con el emperador alemán y el monarca español, lo cual extendió el conflicto y lo empantanó. En 1678 Luis XIV conseguía la paz en los Tratados de Nimega, donde la mayor parte de la factura la pagó la debilitada España mediante la cesión del Franco Condado. El Sacro Imperio Romano Germánico empezaba un lento declive agudizado por el expansionismo de los otomanos, quienes llegaron a asediar Viena en 1683.
Entre tanto, en Rusia falleció el zar, siendo sucedido por su hijo Teodoro III, hermanastro del infante Pedro, de breve reinado pues falleció a los seis años de ceñir la corona, en 1682, sin descendencia.

Se abrió entonces una sangrienta lucha interna por el control del país, llegándose a una solución de compromiso con el nombramiento de dos zares hermanastros, Pedro I e Iván V, bajo regencia de Sofía Romanov, hermana de este último.
La década de 1680 vio elevada a Francia a potencia dominante del continente, Luis el Grande se había convertido en el principal árbitro de la política europea, tenía tan sólo cuarenta años, gozaba de buena salud y poseía una ambición sin límites. El acierto del monarca francés en política exterior no sólo se demostró en el ámbito bélico, sino también en el diplomático y comercial, fomentando las relaciones con territorios tan alejados como Siam y Persia, e impulsando exploraciones y conquistas por todo el globo terráqueo, destacando entre estas las realizadas por René Robert Cavelier de La Salle, quien llamó la Luisiana a los territorios adquiridos en la cuenca del Missisipi en su nombre.
A nivel interno, el Rey Sol supo rodearse de hábiles ministros como Jean-Baptiste Colbert, quien triplicó los ingresos de la Corona durante su brillante gestión, o el marqués de Vaubán, eminente ingeniero militar que mejoró las defensas y fortificaciones de más de trescientas localidades. Con el fin de afianzar su poder, el monarca maniató tanto al clero como a la nobleza, a la cual arrastró a vivir en el nuevo Palacio de Versalles bajo su atenta vigilancia, a la vez que promocionaba a plebeyos fieles y competentes a puestos ministeriales. Alejados de sus feudos y de los cargos públicos más importantes, los miembros de la alta nobleza quedaban relegados a la condición de cortesanos.
En materia eclesiástica, Luis XIV reunió a los principales eclesiásticos gabachos y les vino a decir: aquí mando yo, luego dios y luego el papa, cosa que a ellos les pareció muy razonable. El papa protestó algo, pero el caso es que ni sus legados entraban en Francia, ni sus normas eclesiásticas se aplicaban, si el monarca absolutista no daba el visto bueno antes. Sin embargo, Luis XIV se valió del Catolicismo para consolidar la unión nacional. De este modo, promulgó en 1685 el Edicto de Fointaneblau, el cual derogaba el Edicto de Nantes y declaraba que sólo el Catolicismo era la religión legal en Francia, proscribiendo otros cultos como el Protestantismo. La medida fue complementada con la realización de dragonadas, es decir, soltarle la correa a unidades de dragones para que saquearan a su antojo poblaciones francesas donde anidaba el protestantismo. La reina falleció en 1683, y como Luis estaba ya devuelta de todo, en lugar de buscarse una nueva esposa del mismo rango, se casó con quien le dio la gana. La agraciada fue una de sus múltiples amantes, a quienes tenía a sopa y mantel en la corte haciéndoles bastardos. Una docena tuvo, además de seis hijos legítimos. El matrimonio, eso sí, fue secreto o todo lo secreto que podía serlo en una corte con miles de ojos y oídos, ya que la esposa, madame de Maintenon, tenían un curriculum para sacarle los colores a cualquier aristócrata que se preciara: nació en la cárcel donde estaba encerrado su padre por falsificador, fue criada por una tía hugonota en la fe protestante, se casó con un poeta paralítico de quien enviudó al poco, y consiguió el puesto de institutriz de unos bastardos reales demostrando ser mejor amante que la amante del rey, a quien fue enamorando hasta que la hizo marquesa y se casó con ella.
martes, 11 de octubre de 2011
Grandes en guerra (III).
Alarmado por la paliza que los protestantes estaban dándole a su pariente Fernando II, Felipe IV ordenó a su hermano Fernando de Austria, el cardenal infante, que fuera a Alemania con un ejército a echarle una mano a los católicos. Allá que fueron los tercios, en 1634, a demostrar en el campo de batalla de Nördlingen como se mataban herejes. En la colina de Allbuch, los españoles rechazaron hasta quince cargas de los regimientos suecos, los cuales quedaron deshechos, facilitando así la victoria final. Nördlingen fue el mayor triunfo de los ejércitos españoles durante el reinado de Felipe el Grande y provocó la firma de la Paz de Praga de 1635, mediante la cual protestantes y católicos alemanes dejaban de macizarse, para descanso del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, aunque con ello tuviera que legalizar el calvinismo en sus dominios.A la pareja Luis XIII-Richelieu no les cuadró mucho este enjuague ya que el poder de los Habsburgo en Europa seguía siendo a su juicio excesivo, por lo que decidieron intervenir militarmente en el conflicto apoyando a holandeses y suecos, a quienes ya venían untando considerablemente, abriéndose así la última y definitiva fase de la Guerra de los Treinta Años en la cual, con el atrezzo de las guerras de religión, se estaba sustanciando la supremacía internacional en el continente.
Tras un tímido avance francés sobre Flandes, el ejército español, al mando de Fernando de Austria nuevamente, lanza en 1636 una poderosa ofensiva contra territorio francés que, tras concatenar varias victorias, lo lleva a las mismas puertas de París. Sin embargo, se ve obligado a replegarse al haber extendido demasiado sus líneas de abastecimiento.En 1638 nace “el niño del milagro”, el ansiado heredero de Luis XIII, al cual ya se le estaba pasando el arroz pues tenía por entonces treinta y siete años, amén de una débil y enfermiza salud. El nacimiento del heredero vino acompañado de una contraofensiva francesa en todos los frentes, amenazando el norte de Italia, aislando Flandes, y avanzando hacia el sur con la toma de la fortaleza de Salses en el Rosellón. Se llega así a una situación de empate estratégico en la que se suceden frecuentes batallas, con alternancia de victorias y derrotas que no desbloquean el conflicto, hasta que los acontecimientos se precipitan con una grave crisis interna en España, en la cual estallan cuatro revueltas simultáneas. La ya de por sí desafortunada política exterior española se ve comprometida, de este modo, por la nefasta política interior de Felipe IV.
Las fricciones entre Cataluña y la Corona venían de lejos, ya que los principales órganos representativos de la oligarquía de la región, la Generalidad de Cataluña y el Consejo de Ciento de Barcelona, se oponían a aportar más tropas o dinero para la guerra.
El avance francés hacia los Pirineos provocó la entrada de tropas castellanas en Cataluña, las cuales no tuvieron nada mejor que hacer que saquear un poquito de paso, calentando en exceso al pueblo y provocando en 1640 el Corpus de Sangre, un alzamiento de los segadores (los del himno de Els Segadors) duramente reprimido. La consecuencia inmediata fue el estallido de una insurrección en todo el territorio, proclamándose por los dirigentes locales la República Catalana, si bien la cosa se les fue de las manos y derivó en una verdadera revuelta social en la que ni los oligarcas catalanes pudieron evitar pillar rasca. Los catalanes se aliaron rápidamente con los franceses, quienes metieron tropas en el territorio y consiguieron el reconocimiento de Luis XIII como monarca. Paradójicamente, los catalanes, que llevaban decenas de años intentando evitar su participación en las guerras internacionales, vieron su propio territorio convertido en un campo de batalla y a su gente morir a miles durante la década que duró este conflicto, más allá incluso del fin de la Guerra de los Treinta Años, cuando se vieron entonces abandonados por unos franceses que ya no los necesitaban.La segunda revuelta que estalla en España en 1640 es la de Portugal, la cual tuvo mejor final que la catalana para los insurgentes. La situación en el país vecino también estaba muy deteriorada, con un descontento popular en aumento por la presión fiscal y el reclutamiento de tropas, recursos con los cuales se financiaban guerras que se consideraban ajenas a los intereses portugueses. A esto se sumaban los movimientos interesados de la nobleza portuguesa, la cual perdía títulos y rentas en beneficio de los castellanos, negándoseles además la participación en el lucrativo mercado americano. Una conspiración dirigida por influyentes nobles asalta el Palacio de Lisboa y captura a la virreina Margarita de Saboya, proclamando a renglón seguido rey de Portugal al duque de Braganza, con el nombre de Juan IV. La guerra duró 28 años, durante los cuales los portugueses pudieron frenar todos los intentos españoles de retomar el control del país por las armas, ya que sus mejores tropas se encontraban dispersas por Cataluña y el resto de Europa.
Las otras revueltas que se produjeron en España fueron las de Aragón y Andalucía. La primera de ellas, con unos antecedentes similares a los catalanes, pudo ser reprimida por la fuerza con rapidez, quedando el reinado del duque de Hijar en una efímera anécdota. Por su parte, ya en 1641, es el Duque de Medina Sidonia quien orquesta en Andalucía un alzamiento similar, en connivencia con su hermana Luisa María Francisca de Guzmán, por entonces esposa del flamante nuevo rey portugués. Sin embargo, la conspiración fue abortada a tiempo, pagando la factura con su vida el marqués de Ayamonte, y salvando los muebles el duque, al igual que había pasado en Aragón. Ya sabéis, si queréis romper España, haceros duques primero por si la cosa se tuerce.
En pocos meses se suceden importantes cambios de protagonistas. En diciembre de 1642 fallece “La eminencia roja”, que será sustituido por el Cardenal Mazarino. En enero de 1643, agotado su crédito político por la caótica situación nacional, el conde-duque de Olivares cae en desgracia y es desterrado, asumiendo directamente las labores de gobierno el mismísimo Felipe IV. En 1643, siguiendo hasta el final los pasos de Richelieu, fallece Luis XIII, quien no pudo disfrutar por cinco días una de las mayores victorias militares de su país en esta convulsa época.Luis XIV, que sería conocido como Luis el Grande o de forma más común como El Rey Sol, fue coronado con tan sólo cinco años, el 14 de mayo de 1643, estando sometido a regencia de su madre hasta los 13 años, durante los cuales y alguno más actuó como primer ministro francés Mazarino.
Su reinado fue uno de los más largos de la historia y conforma el prototipo de gobierno absolutista. Su padre, Luis XIII, ayudado por su competente ministro el cardenal Richelieu, le había allanado bastante el camino legándole un país sólido y centralizado, con la nobleza acogotada, los hugonotes metidos en cintura y unas fronteras en expansión y defendidas por un ejército veterano. Su coronación tuvo como regalo, el 19 de mayo de 1643, la victoria francesa en Rocroi. Con el fin de aliviar la presión en otros frentes, el ejército de Flandes, al mando de su Capitán General Francisco de Melo, invadió el norte de Francia asediando la villa de Rocroi. El ejército francés, al mando de Luis II de Borbón-Condé, por entonces Duque de Enghien, se dirigió a su encuentro con idea de presentar batalla. La victoria de la caballería francesa, la rápida retirada de las tropas italianas y la falta de refuerzos dejaron aislados a los tercios españoles, que sufrieron su primera gran derrota en campo abierto, si bien Condé no las llevó todas consigo y tuvo que aceptar condiciones de rendición honrosas propias de fortaleza asediada, algo realmente inaudito, permitiendo a los dos últimos tercios salir del campo de batalla con las banderas desplegadas, en formación y conservando las armas. La victoria francesa no fue decisiva para la contienda, pero marcaba el inicio del fin de la supremacía militar española.

Mención especial merece el futuro Príncipe de Condé, que sería conocido como El Gran Condé. De familia de la alta nobleza, su madre fue madrina de Luis XIV y se desposó con una sobrina de Richelieu, si bien su privilegiada situación en la Corte le ganó demostrando su competencia como militar, equiparable con la de su coetáneo Turenne. Ambos generales tomaron parte activa en la Fronda, una sublevación interna de la alta nobleza francesa durante la minoría de edad del monarca, actuando de forma alternativa en cada bando, lo que produjo la contradicción de que la misma persona que lideró el ejército francés en Rocroi liderara tropas españolas en algunas de las principales batallas de la guerra que mantenían ambas naciones, como Valenciennes o las Dunas, para posteriormente volver a dirigir los ejércitos franceses durante la Guerra de Devolución, de la que hablaremos en el próximo artículo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)