jueves, 22 de abril de 2010

En busca del libro perdido (2)

[Continuación]

Pasado un tiempo indeterminable, son sacados de sus celdas, liberados de las esposas y les entregan una escopeta de corredera con una canana y 15 cartuchos a cada uno "Si quereis vivir tendreis que pelear por ello". Van cargando las armas conforme salen al patio y allí contemplan a un tercer miembro de la seguridad encaramado en la repisa que hay tras la tapia y disparando de forma ininterrumpida ráfagas cortas al exterior, de donde se oye el bramido de un ulular de voces, un griterío dantesco que parece aproximarse. También se oyen otros disparos en la lejanía y los guardias de seguridad los conducen a la repisa por las escaleras. Una oleada de desarrapados se avalanza sobre la propiedad esgrimiendo todo tipo de objetos, al menos una cincuentena, todos vociferantes y algunos ensangrentados.

Los aventureros se unen a la defensa del lugar abriendo fuego contra los exaltados harapientos que tratan de asaltar la Mansión. Un par de sirvientes con chalecos antibalas sobre sus uniformes también están disparando con escopetas contra la multitud: una mujer regordeta de mediana edad y un tipo serio, calvo, estirado y con levita. Los guardias que han sacado a los aventureros se encargan del muro de la puerta de acceso y los demás del muro más largo en el que ya estaban los demás miembros de la Casa. Poco a poco los fanáticos van acercándose al pie del muro, rebasando la línea de tiro gracias a su número. Tras ellos siguen llegando más, aunque de forma menos masiva, pero continua, un goteo de delirante rabia asesina.

Los dos guardianes que conocen los aventureros deciden salir del recinto por razones desconocidas para nuestros protagonistas, abriendose paso a tiros protegidos por su compañero que se posiciona para cubrirlos. Este parece ser de hielo. Administra ráfagas de 3 de forma quirurgica, segando sistemáticamente a los asaltante más peligrosos por proximidad o por intenciones. Algunos lanzan objetos contra los defensores, incluídos algunos cócteles molotov que se estrellan afortunadamente solo contra la base de la tapia. Cuando los fanáticos se concentran en algún punto el guardián limpia la zona de aglomeración con una granada de 40mm del afuste que lleva bajo el fusil. Solo se detiene para recargar o para cambiar de posición que le permita cubrir un nuevo arco. No duda, no vacila. Sus compañeros han desaparecido de la vista.

Los cartuchos empiezan a escasear y el pánico extiende sus huesudas garras en dirección a los corazones de nuestros aventureros que ven como los primeros dementes comienzan a trepar por el muro, indiferentes a la lluvia de plomo o las dificultades de la escalada, ignorando las uñas que se les descarnan en el ladrillo o la alambrada que les desgarra la carne al coronarla. Los aventureros piden desesperados más munición, más armas, pero todo el mundo está demasiado ocupado en mantener a raya la incesante llegada de enemigos para atender petición alguna.

El caos circundante es enloquecedor. La señora con pinta de cocinera está acurrucada tras el parapeto de la tapia, con los oídos tapados con ambas manos y gimoteando. Su arma ha desaparecido de la vista. El hombre envarado parece mantener un poco mejor el tipo aunque con evidente temblor de todo el cuerpo y una cadencia de tiro lamentable.

De pronto los dos guardias vuelve con cara de sobresalto. Tras ellos asoma el morro del humvee, coronado por una ametralladora del .50 cuyo stacatto había cesado inadvertidamente en medio de la cacofonía de tiros y alaridos. Los guardias reculan y consiguen alcanzar el portón entreabierto mientras unos cuantos fanáticos se cuelan con ellos. Tras cerrarse el portón a sus espaldas son exterminados en el patio por los guardias y los aventureros y una indesperada ayuda que proviene desde el interior de la propia Mansión, una detonación que hace volar por los aires a dos de los invasores y los estampa de vuelta contra el portón. El problema, sin embargo, sigue siendo el Humvee que se ha posicionado ya para empezar a escupir fuego contra la posición. Los impactos destrozan la tapia allá donde alcanzan, atravesando el muro como si fuese de papel y lanzando una lluvia de gravilla y pequeños cascotes al penetrarlo. Todos los defensores se tiran instintivamente al suelo, pero la oleada vociferante no deja de llegar. El guardia que permanecía en el interior se encarga desde una garita blindada de operar la puerta pero su cristal antibalas no es rival para la calibre .50 que la agrieta en varios puntos obligándolo a agacharse con el resto. El artillero enemigo extiende la ráfaga contra el portón y de este saltan esquirlas disparadas al interior del patio. Solo cuando se gasta la cinta el horror balístico da un respiro y mientras parecen recargar tras la plancha de acero que protege al artillero el conductor decide embestir contra el portón. El estruendo es estremecedor pero la maniobra deja un pequeño margen de reacción que MacTuerzo aprovecha para saltar desde la tapia al techo del vehículo. Allí gasta sus dos ultimos cartuchos con el tipo que opera la ametralladora y a culatazos lo aparta para meterse dentro y dejar paso a su colega Gorrión que lo sigue de cerca en la temeraridad. Los pirados circundantes tratan de encaramarse al vehículo mientras ellos acaban con el conductor del mismo. Gorri se pone al volante y se despereza de los que tratan de echarseles encima mientras Mac recarga el arma con la última cinta disponible. Estampan a los fanáticos cercanos repellándolos contra el muro exterior y Mac los barre con la ametralladora. Desde el interior se ha reanudado el fuego, reforzado por los guardias que han vuelto. Los muertos se amontonan en la pared en más de un centenar y sirven para que sus hermanos de locura trepen. La situación torna de extrema a crítica y dramática con la oleada humana que no parece cesar cuando de repente una sacudida conmociana a todos, una súbita onda resplandeciente ha emanado desde la casa. Los sectarios, de repente, dan media vuelta y empiezan a huir aterrados.


[La versión post-ap justiciadora estaría "tuneada" con planchas soldadas en algunas ventanas, otras sirviendo de parapeto a la ametralladora y una enorme balanza blanca pintada en el capó]

Vehículos armados parecen llegar desde Justiciudad dando caza a los fugitivos de la batalla, todo ello en la lejanía. Los guardias no se molestan en retirar las armas descargadas a los aventureros y dicen que será mejor que no los vean los Chicos de Verde cuando lleguen y invitandolos a volver al sótano por su bien, aunque esta vez sin esposar. De camino de vuelta pasan ante las puertas de la Mansión abiertas y entreven a un anciano encorvado junto a una descomunal Holland & Holland Nitro Express 600 apoyanda sobre una lujosa mesa volcada como barricada improvisada junto a otros enseres y algún saco terrero. El viejo hace un gesto a los guardias y estos en lugar de conducirlos al sótano los meten en la casa. Allí hay otro guardia a medio equipar que sí los desarma en esta situación. El viejo los lleva a un salón contiguo acompañados por el miembro de seguridad de dentro que no oculta su enojo por dejarlos entrar "...más intrusos dentro, así no hay quien cumpla su trabajo..." murmura.

El vejestorio va relatando - "El señor Finn me puso al día justo antes de tomar cartas en el asunto."

El anciano los ha conducido hasta una sala despejada de muebles, con las ventanas cerradas y una tenue luz de velas. Un hedor aborrecible los abofetea nada más entrar. En el centro una extraña simbología está dibujada en el suelo en forma de círculo con una estrella de 5 puntas y signos de caligrafía retorcida garabateados. En su interior se encuentra un decrépito volumen ajado y junto a él un montoncito de ropas que parecen ser las pertenencias de Finn cubiertas de una ceniza humeante. Conforme se acercan el pestazo a muerte se hace más patente. La habitación está desierta aunque una ominosa presencia los aplasta como si fuera el recuerdo de un gigantesco peso sobre sus hombros.

"Sacad ese maldito libro de mi Casa" - os dice el anciano con clara repulsión.

Ante el intento de los aventureros de obtener más información Delcourt hace oídos sordos a sus preguntas y los guardias tampoco sueltan prenda en su presencia.

Los de seguridad los conducen en ese momento a los sótanos. Allí les facilitan lo necesario para reponerse: usos de botiquín, instrumental desinfectado, agua limpia, comida (caliente y muy sabrosa) y unas mantas. Dicen que tienen que esperar mientras las cosas se tranquilizan ahí fuera y que si quieren algo llamen al interfono. En el sótano además hay un par de videocámaras que no les quitan "ojo".

Pasado el rato y cuando van llevando los suministros al sótano, ante la insistencia de los aventureros, comentan muy someramente (los tíos son bastante parcos) que cuando interrogaron a Finn este cantó la traviata sin nisiquera forzarlo. No hicieron mucho caso mientras relataba su periplo desde la Universidad por las áridas tierras del Páramo Postapocalíptico, pero cuando empezó a darles datos sobre hechos relacionados con el libro reconocen que se pusieron nerviosos y finalmente lo llevaron ante el Señor. La entrevista fue privada pero cuando salió de allí Delcourt les ordenó que hiciesen todo lo que Finn pidiese. Ayudaron al erudito a desalojar un salón y se encerró allí exigiendo (por primera vez adoptando un tono autoritario) que no le interrumpiesen. Después lo oían canturrear tras la puerta cuando se desencadenó la locura de allá fuera. Lo demás, es de sobra conocido.

Pasadas unas horas los sacan de nuevo cuando ha anochecido, les dicen que vuelvan por el mismo sitio que han venido y que hagan el favor de no volver. Les entregan sus pertenencias más un par de escopetas de cartuchos cargadas, un par de revólveres y una canana completa para el viaje de vuelta, además de un fardo que contiene el libro perfectamente envuelto, junto con una advertencia verbal: "Cuidado con los Justiciadores, están nerviositos".

El camino de vuelta se hace alarmantemente largo, arrastrandose por la zanja entre las ruinas con el miedo de conejillos agazapados. En la lejanía se escuchan algunos disparos aislados y ruido de motores. No tropiezan con ningún adversario, ya sea sectario ni Justiciador.

Llegan a la entrada secreta e ilegal, el tipejo del Sindicato se muestra reticente a dejarles entrar y dice que con la que está cayendo fuera el precio de entrar ha subido y por nada del mundo les va a dejar entrar. Tras negociar parece que el mundo entero se reduce al par de escopetas que llevan y algunos cartuchos.

En Justiciudad todo el mundo parece alterado. La gente los mira con suspicacia y se refugian en su alojamiento alquilado. Desde la ventana contemplan patrullas nocturnas de Justiciadores en las calles, parando a los extranjeros sospechosos. Es casi la hora de amanecer cuando tocan a la puerta con vehemencia...

[Segunda entrega]

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