miércoles, 24 de noviembre de 2010

San Esteban, el nacimiento de un nuevo reino.

Para terminar de ver a los grandes del siglo X, tenemos que recordar la batalla de Lech, en 955, en la cual Otón I el Grande le quitó las ganas a los magiares de seguir jugando a bárbaros de las estepas. Poco tiempo después el príncipe magiar Géza promueve la sedentarización de su pueblo, así como la cristianización del mismo siguiendo el rito católico, por lo que sus alianzas políticas tenderían en el futuro más hacia el Sacro Imperio Romano Germánico que hacia Bizancio. Al igual que Géza, su hijo Vajk fue bautizado, tomando el nombre de Esteban con el cual gobernaría. Para consolidar este acercamiento hacia el Sacro Imperio, Esteban se casó con una princesa bávara hermana del entonces emperador alemán Enrique II.

Esteban I comenzó su gobierno como Gran Príncipe de los húngaros, con una buena rebelión interna liderada por el noble Koppány, quien vistió sus aspiraciones al trono de revuelta pagana anticristiana. La insurrección finalizó con la batalla de Veszprém, en el 997, donde Esteban obtuvo la victoria contando con el apoyo de tropas alemanas.
En agradecimiento por su labor, la Iglesia Católica coronó rey al joven Esteban y le prestó su apoyo para crear la estructura administrativa y legislativa necesaria para fundar el nuevo Reino de Hungría. De este modo, se organiza una administración central y otra periférica, dividiéndose el territorio en condados y obispados. Así mismo, se introduce el uso de la moneda y se promulgan un par de códigos legislativos para regular la vida de los súbditos con cierta seguridad jurídica. A la vez que se impone el feudalismo en el nuevo reino, la Iglesia recibe numerosas dádivas y beneficios, proliferando la construcción de iglesias, abadías y monasterios.

Mientras realizaba estas reformas internas, Esteban I tuvo que hacer frente a nuevas rebeliones internas focalizadas en la zona de Transilvania, ya que la construcción del reino chocaba con la oposición de importantes líderes tribales magiares. Tras reprimir estas revueltas por las armas, Esteban el Grande se alió con Basilio II de Bizancio, al que ya conocemos del anterior artículo, para machacar un poquito más a los pobres búlgaros, que por entonces no veían por donde le venían los palos (destaco la ironía de la frase, recordad Kleidion).

Estando ya totalmente asentado en su flamante trono, el bueno de Esteban se lleva el disgusto de la muerte de su suegro. No por el afecto que le tuviera o dejara de tener, sino porque su sucesor, Conrado II, perteneciente a la nueva dinastía salia, decide atacar Hungría para anexionarla al Sacro Imperio Romano Germánico. Los húngaros demuestran que no han olvidado su ilustre pasado magiar y utilizan una estrategia de tierra quemada que desgasta al ejército invasor, el cual es derrotado en la batalla de Györ, en el 1030, viéndose obligados los alemanes a retirarse hasta Viena, acosados por las tropas húngaras. Conrado decide que como experiencia ya ha estado bien la cosa y firma un tratado de paz con Esteban.

El hijo de Esteban, Emérico, el cual tuvo un importante papel luchando contra las huestes de Conrado II, falleció poco después a causa de las heridas sufridas durante una partida de caza. El desconsolado monarca decidió entonces nombrar como sucesor suyo a un sobrino, Pedro Orseolo, el cual demostró tener un carácter muy distinto al de su primo y su tío, ya que su reinado estuvo caracterizado por el vasallaje al Sacro Imperio Romano Germánico. Tanto Esteban I el Grande, como su hijo Emérico, como tres altos clérigos húngaros que pasaban por allí, fueron rápidamente santificados apenas cuarenta y cinco años después de la muerte de San Esteban de Hungría.

1 comentario:

uno de tantos dijo...

Es que no hay nada como matar unos cuantos paganos para que lo nombren a uno santo xD